A quién dirige su mensaje la izquierda


Por Manuel Bermúdez.

aplausoLa amenaza de las empresas capitalistas españolas se extiende aún más a medios de comunicación. Ahora es el señor Lara, dueño de la editorial Planeta y accionista de Mediaset quien finalmente amenaza a La Sexta con cortes de cabeza de periodistas o trabajadores y trabajadoras en general que no sean respetuosos con la derecha española. Aunque todas las personas entendamos que significa la palabra respeto, cada cual matizará las connotaciones que le interesen. Supongo que eso es lo que harán quienes le sigan al señor Lara.

Nunca me han interesado los debates – realities que desfilan de un tiempo a esta parte en las pantallas de tv. Han supuesto una especie de reconversión de los programas tipo Sálvame, incluso sin cambiar a algunos presentadores y contertulios. Muy lejos quedan otros programas de entrevistas y discusión, que sin dejar de especular con los protagonismos y sin abandonar el juego de las mayorías, trataban temas en profundidad, intentando alejarse del entretenimiento y las audiencias. Pero no, cualquier tiempo pasado no fue mejor, sencillamente no se había pulido lo necesario el sistema de producción capitalista en lo que a medios de comunicación se refiere, basta con tirar de hemerotecas y videotecas para confirmar que los formatos utilizados siempre iban a la zaga de aquellos que ya habían triunfado en EEUU.

Así las cosas, las gentes de izquierda nos quejamos de la falta de atención que los mass media nos otorgan, de ahí – no cabe otra explicación – que personalidades de izquierda como Cayo Lara o Alberto Garzón o Pablo Iglesias asistan a estos rincones de telebasura. Resulta llamativo que la izquierda española no haya conseguido levantar canales propios en la tv, la radio o la prensa escrita , mucho me temo que la razón obedezca a la atomización implacable que sufrimos en nuestras propias organizaciones, la incapacidad de unidad que nos caracteriza y el elitismo del que hemos sido capaces de adornarnos desde que el trabajo asalariado en las grandes fábricas ha desaparecido junto a la conciencia de clase, favorecido por el pensamiento único, el progresismo, el apoliticismo, la competitividad y el consumismo.

Ayer, sin ir más lejos, zapeando, pillé al ínclito Marhuenda estableciendo su paralelismo entre el fascismo y el comunismo. Mediante su simplismo analfabeto emplazaba, según sus palabras, a Alberto Garzón a decidirse fácilmente entre un sí o un no acerca de dicho paralelismo, situando en una imaginaria y equilibrada balanza de justicia a Hitler y a Lenin. No paraba de hablar y establecer argumentos a cual más grotesco, sin permitir una respuesta a quien dirigía la perorata, que no la pregunta, mientras Garzón escuchaba estupefacto el sermón del periodista, que a lo largo de su vida lo ha sido todo. Responder a tales ataques hubiera supuesto un tiempo y una distancia del objeto del debate que no hubiera sido permitido por el moderador, además de un intento vano porque en estos debates no se trata de vislumbrar la verdad, sino de sembrar insidias. Sin embargo lo más llamativo vino de las figuras que entre el público, tras Garzón, un señor y una chica, se dejaban entrever. Previo al sermón del director de La Razón y co-dueño de La Sexta, cadena que emitía el programa, Garzón había establecido como causa de las mejoras populares durante los siglos previos las luchas obreras y sindicales. Esas dos personas del fondo aplaudían a rabiar junto a una numerosa parte del público asistente, a juzgar por el sonido ambiente. Segundos después, durante y al final de la exposición telúrica de Marhuenda reanudaban su aplauso como si la argumentación no hubiera variado. Era absolutamente opuesta, pero las palmas de sus manos echaban humo y la ovación se extendía al resto del público asistente como si en ello les fuera la vida.

Puestos a analizar los pasados, aquello en lo que podríamos estar de acuerdo las gentes de izquierdas es en nuestro interés secundario respecto del electoralismo frente a la dinámica de la reflexión y la argumentación didáctica. No me cabe la menor duda sobre las capacidades y sinceridad de Alberto Garzón, sin embargo su conocimiento y locuacidad, poco imitable y en absoluto desdeñable, que lo capacitan para liderar cualquier proyecto anticapitalista, no puede – ni debe –  asimilarse a la de, por ejemplo, Julio Anguita. La capacidad de transmisión de un mensaje cargado de razón, incluye la de la sensación de que parte de una reflexión ad hoc, realizada para el instante en que se produce, haciendo protagonista de la escucha a quien espera la respuesta, aunque éste sea un intrépido analfabeto como el señor Marhuenda. El tal, frente a la personalidad y discurso de un señor como por ejemplo Julio Anguita, no se hubiera atrevido a establecer paralelismos como los de ayer. Tal vez ni se hubiera atrevido a hablar.

El simplismo de los medios perjudica un discurso complejo como el que protagoniza la izquierda real. Permítaseme el símil, es como cuando un equipo de futbol de ensueño juega contra destripaterrones, todos salen perdiendo.

Supongo que no damos para más que para aprovechar los medios que existen y si no lo hiciéramos seríamos presa de mayores críticas y las oportunidades de explicar desde nuestro punto de vista la realidad sería infinitamente menor. Sin embargo qué es más necesario ¿lo importante o lo inmediato? Porque el problema verdaderamente importante no es que exista Marhuenda, sino que quienes escuchan a Marhuenda y a Garzón aplaudan a rabiar, indistintamente a uno u a otro.

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