La buena vida exige más que la resignación, pero es una vida buena.


zapateríaPor Manuel Bermúdez.

Leía la reflexión en voz alta de Luis García Montero en Público sobre la responsabilidad de la izquierda... Excepto las clases más adineradas del país, el resto del pueblo español se ha empobrecido. A estas altura es una obviedad que las más adineradas aún lo son más, no en balde el dinero y los patrimonios no se destruyen, simplemente cambian de manos. España nunca fue un país desarrollado industrialmente por lo que nunca tuvo una clase media ilustrada, una burguesía homologable al resto de la de otros países europeos, por ejemplo. Por este motivo fue presa fácil de la superstición, la religión y la fuerza bruta de los ejércitos y las policías. La ausencia de una formación bien cimentada nos ha acompañado hasta nuestros días, esclavizando a la mayoría a atavismos que mezclados en el cóctel de nuestro ingreso en el occidente político nos anclan a un destino fatídico, dependiente en todos sus extremos.

Lo peor de la vida no es otra cosa que la mala vida. Pero aún peor que la mala vida existe otra cosa que es la falta de consciencia de que eso, en gran medida, sólo depende de decisiones personales y sociales. Nos hemos empobrecido, pero este cambio de situación no ha supuesto, aún, un cambio de actitud que modifique nuestras posibilidades de superar la coyuntura, mejor, de cambiarla.

Nunca como ahora hemos tenido consciencia de una dependencia inherente a la humanidad, la de los recursos naturales y la de nuestra capacidad de transformar nuestros usos y costumbres de forma que esa gran dependencia nos asegure un futuro prometedor, en el que la igualdad de oportunidades de mujeres y hombres de todas las sociedades es un destino racional y sabio que sólo podría eludir una catástrofe universal. Sabemos que nuestro entorno natural y social es limitado, pero no lo tratamos como a tal. Esto es producto de un rasgo común a las sociedades desarrolladas y a las subdesarrolladas dependientes de las primeras: el individualismo y la competencia. Si en una piscina pública más o menos saturada cada persona decide orinar ya sabemos lo que va a ocurrir durante las próximas horas.

Cada cual en su redil, hoy día más aún, cuando las redes sociales nos permiten virtualmente lo que la desgana, la falta de dinero, el anonimato, nos impiden o animan groseramente, nos hemos convertido en meros consumidores y consumidoras. La mayoría nos quejamos de que la presencia pública de nuestro jefe de gobierno se limite a breves intervenciones en una pantalla, cuando nosotros no abandonamos la del ordenador, el videojuego, la tablet o la tv. Ahora reciclamos por necesidad, dando nuevas oportunidades a zapateros y modistas, o compramos en chinos, segunda mano o low cost. Pero lo hacemos acuciados por la situación, sin tener en cuenta cuestiones menores como son la explotación de nuestros semejantes y la esquilmación de países, territorios y personas, ya que en el mejor de los casos pensamos que nuestro orín se diluirá entre miles de litros de agua.

Hace más de seis años que vivimos una crisis colosal, en la cresta de esa ola de la piscina pública y aún no nos hemos parado a pensar tan siquiera si disfrutamos de algún modo de la lejanía del consumo a que nos hemos visto obligados y obligadas. Si este durísimo aprendizaje instado por quienes acumulan las propiedades y economías de los distintos países nos enseña algo más que a la resignación coyuntural. ¿Toda nuestra capacidad crítica se enfrenta en este preciso momento a dilucidar si conviene o no la compra millonaria de Gareth Bale, afilar los colmillos mientras descarnamos a los políticos, y desear con ansia vengadora lo peor a Urdangarín, Bárcenas y al lucero de la aurora, que puede ser nuestro alcalde, una ministra, cualquier obispo homófobo o el sunsuncorda?

¿No responde también la atomización de la izquierda a esta falta de recursos mentales? Me refiero a la izquierda política y a las plataformas ciudadanas. Las categorías sociales y vitales han cambiado drásticamente, pero mientras para algunas personas esto constituye una dolorosa oportunidad, para las mayorías no pasa de ser un mal trago del que despertar. Ante nuestros ojos atónitos pasan las injusticias, guerras locales que mantienen la industria bélica nacional,  mundial y la economía especulativa, la debilidad de los recursos de buena voluntad de débiles organizaciones de personas débiles. La distancia tremenda entre la realidad oficial y la social, incluso la esperpéntica falta de juicio, democracia interna, incoherencia y vanidad de los aparatos de los partidos políticos que hacen dudar de continuo a una pequeña militancia de gentes con conciencia o la multiplicación en pequeñas parcelas de uso de movimientos sociales que nacen y se reproducen como hongos en el fértil bosque de la corrupción y la democracia capitalista.

Si no somos capaces de imaginar y dirigir nuestras vidas hacia una vida buena, personal y socialmente, mientras nos lanzamos como kamikaces para saber cómo va lo mío hasta rompernos la crisma y las esperanzas, ¿qué nos salvará? ¿Quién nos salvará si no somos nosotros nuestros propios salvadores y salvadoras?

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