El ataque nunca termina con el último golpe.


Por Manuel Bermúdez

violenciageneroPasan los largos días de este verano y del mismo modo que me no pierdo la conciencia de trabajador en paro, la presencia del recuerdo de mi padre muerto en la flor de nuestra relación, la disponibilidad de espacio y tiempo para compartir con las personas que amo, entre ellas compañeros y compañeras, amigas y amigos. Pasan los largos días de este verano sin perder tampoco la consciencia del dolor de una mujer que perdió para siempre a sus hijos, exclusivamente para lastimarla.

El maltrato llevado a sus máximas consecuencias es únicamente el medio por el cual se puede mantener la situación de poder de un hombre sobre una mujer. Obtener la sumisión total y por lo tanto la auténtica sensación de dominio absoluto es la razón que subyace en la conducta de muchos hombres. Aún hoy, declarados hace años los malos tratos como ataques a los derechos humanos, cuando formalmente la sociedad está encajando la norma frente a la costumbre, podemos observar un hecho que negamos, pero que constituye la realidad objetiva en que vivimos: el ataque tampoco termina con el último golpe [i]

Ante la objeción continua del abogado defensor sobre la cadena de custodia de las pruebas, el juez, impasible, infatigable, repetía que tras el dictamen del TSJA no existían dudas sobre la cadena de custodia de las pruebas óseas. A lo que hay que añadir que tampoco existe posibilidad científica de corroborar mediante análisis de ADN la vinculación de los restos con los cuerpos.

El verano continuará y si todo sigue los procesos habituales la víctima directa del maltratador y asesino José Bretón continuará viviendo el maltrato. La justicia no se puede desdecir sobre su propia sentencia, los pequeños y deshechos huesos son los que fueron y seguirán siendo, la prueba de ADN continuará sin poder realizarse, pero una vez más el protocolo juega a favor del maltratador, quien continuará regocijándose en el dolor sin fin de la mujer que cayó en sus manos. Un poquito más de presión: asistimos a un estrangulamiento lento y cruel, tan lento como la justicia decimonónica que nos asiste, tan lento como la falta de recursos, la ausencia de modernidad, el ansiado cambio de esta sociedad patriarcal en la que, puestos a cambiar valoramos mucho más lo que perderíamos que lo que ganaríamos. Para que la justicia garantice los derechos de las personas inculpadas e incluso de las culpables no es imprescindible que garantice el dolor de las víctimas, sino la reparación de su daño.

En los casos de violencia de género resulta de vital relevancia porque generalmente cuando llega a la denuncia de los hechos y más aún a los tribunales, el calvario para la víctima ha recorrido kilómetros de vida, años de golpes físicos y psíquicos, vejaciones, humillaciones, incomprensión y ocultación.  En cualquier caso, incluso en el mejor de los casos, el ataque no termina con el último golpe… las mujeres son más de la mitad de la población.


[i] Mi marido me pega lo normal. Agresión a la mujer: realidades y mitos. Miguel Lorente Acosta. Ed. Crítica S.L., Ares y Mares. 2001

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