El maquinista de la democracia española.


Por Manuel Bermúdez

APastorMientras desde el segundo uno el maquinista del tren siniestrado en Galicia mostraba el dolor culpable de quien ha errado, inconsolable al margen de la pena con que se le prive de libertad, en el santa santorum que debiera ser el parlamento de la nación, el lugar sagrado por antonomasia para la ciudadanía, los responsables técnicos pontificaron técnica y nuestros parlamentarios y parlamentarias fueron a lo suyo:  tú más Simáncas. No. Tú más Pastor.

Y es que no quieren entender. Se resisten a comprender que ya nada vale nada. La clase política que baraja las cartas desde que su juego comenzó no quiere entender, no sabe enfrentarse a la realidad, no aprende de sus errores. No les interesa. Al mismo tiempo una masa informe de la ciudadanía, pareciera que la misma que se asoma a las pantallas de Sálvame o cualquier otro show de los horrores, esa que no es de derechas ni de izquierdas, la que está harta de política pero vota religiosamente a los suyos secularmente, se dice: siempre existe el error humano, es imposible atajarlo. Por extraño que parezca no se les puede encuadrar en un grupo de población de extracción económico social concreta. De todos los lugares de la población, pobres u opulenta, llega su lastimera sentencia. Lo cierto es que, tal vez, con bastante probabilidad para unos o probalidad para otros, el maquinista es la clave del arco, el culpable con mayúsculas, pobre hombre culpable.

No hay persona más ciega que aquella que no quiere ver. La que no quiere ver porque personalmente no le interesa mojarse o porque entiende que la vida ya viene crecida como los arroyos que inundan poblaciones. Como si la vida no hubiera que pelearla. No saben que muchas de las personas que más la pelean son las que menos necesidades tienen de hacerlo, porque ya les vino todo por herencia, rodado, como si en pleno siglo X te convirtieran en abad o abadesa, con tierras, viñedos, sirvientes, ganado y diezmos.

Así es ciertamente. No nos conviene saber. Mejor no entender. Oír y callar.

El tren como el avión, son los transportes más seguros estadísticamente hablando, no cabe duda. Pero estadísticamente hablando en los pocos accidentes de uno u otro medio de transporte suceden las masacres colectivas más impresionantes de todas las que lo son. De ahí que escatimar en medidas de seguridad que disipen la fuerza y el impacto de cualquiera de ellos a más de treinta kilómetros por hora es, más que una mezquindad, sí existen medios para controlar, un homicidio latente.

En los medios públicos de transporte, la dirección es política. ¿Cómo permitimos espectáculos como los de esta mañana en el hemiciclo? Sólo cabe una interpretación: es el plató de Sálvame. Nosotros y nosotras el público que los jalea.

¿Comisiones de investigación? ¿Eso qué es?

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