poder y Autoridad


Por Manuel Bermúdez

poderautoridadNi soy de estéreo ni de tipos ni de modas. Lo establecido me gusta más bien poco. Generalmente los generales no matizan y la vida, ya lo dice hasta Llongueras, desde el más allá de su voz, está llena de matices. Es cierto la vida son colores, mezclas, impureza. Bendita sea. Como el peculio no da para más busco conciertos amparados por quien nos va a arrebatar todo lo local: las diputaciones, por aquello de la gratuidad cuando las circunstancias y dios ahogan. Ya te digo, el violín, la tuba, el gran piano, el oboe y la travesera, cada cual emitiendo su lectura matemático sensual desde su lugar… Los tipos… para el carnaval gaditano y la moda para la especulación estadística. Así, qué bien, cada cosa en su sitio.

Visité, con devoción laica, el paraninfo de la vieja universidad salmantina en pos de las huellas ibéricas de Don Miguel de Unamuno y Jugo, porque a la lectura precoz de su obra sólo le sobró la desgana por también aprender la lengua de Kierkegaard , la impotencia ante la hidrocefalia, el exilio y la mismísima entereza de quien, confundido y rebelado, contestando a un viva la muerte de un asesino no lo suficientemente mutilado, le espetó que viva la vida, para un segundo después, desde su venerable autoridad argumentar que vencerían por las armas, más no por la razón. Todos aquellos terciopelos que adornan las paredes del santo lugar, y las viejas maderas sobre las que un día la razón y el desasosiego rebelde se sentaron, expresan como si de una instantánea se tratara aquel momento desencajado, preludio del infame entierro de D. Miguel, la razón y la coherencia de la rebeldía encarnada en el viejo profesor.

¿Que a dónde pretendo llegar? Es cierto. Aterricemos sobre el Poder. Sí. Con mayúsculas para distinguirlo de aquel que no es, y sin serlo todo lo domina como en la selva. A estos y a aquellas, pocas, muy pocas eso sí, alguna virtud – léase con auténtica ironía – habría de tener nuestro inmundo patriarcado. A aquellas y a estos, decía, el poder los reviste de autoritarismo, prepotencia y fiereza. Es el poder con minúsculas quien en su mayoría nos gobierna, desde púlpitos y estrados, pero también en las organizaciones multitudinarias y minúsculas. La nación, las provincias, las localidades y las asambleas políticas y sociales están atiborradas de poder provinciano, de aquel que grita cada día viva la muerte, la locura frente a la razón, la ignorancia frente a la educación y la cultura. Mi suegro lo definía a la perfección cuando lo miraba a los ojos: este ha pasado por la universidad, pero la universidad no ha pasado por él.

No sólo porque cada persona es un mundo, sino porque el miedo causa estragos, el temor del Señor de los Ejércitos, nos obliga a cada cual a sustantivar a nuestro dios. Así también, acogotados por la fuerza de la que el púlpito, el escaño y el cargo se rodean en esta ínsula de reyezuelos y reyezuelas, taifas reunidos en torno de la levedad, unos doblamos la cerviz obedientes y otros somos señalados de por vida rebeldes, cuando no traidores, mientras en las plazas de los deseos poderosos se levantan las piras, o sobre ensoñados documentos se redacta con fina caligrafía el destierro, la pena máxima, el ostracismo.

Pero en ocasiones se levanta la voz infantil, directa y llena de autenticidad, desenmascarando la vileza del poder mayoritario con minúsculas, para aclarar que la autoridad va unida de la mano de la sabiduría, la justicia y la argumentación. Así cuando la autoridad es serena y extiende sus cimientos sobre la roca del conocimiento y la escucha, ejerce Poder. Ese que todos distinguimos e identificamos como tal. Al que todos sin excepción mostramos el mismo respeto que a él lo adorna y por el que somos capaces de entregarnos como un niño se abandona, seguro, a los brazos de su madre.

A escasos metros de la posibilidad de ostentar un poder que siempre se nos negó haríamos bien en Izquierda Unida, como poco, si desenmascarásemos la vieja ralea del látigo y la imposición feudal para trocarlo en respeto, atención, escucha y argumentación. La izquierda no puede ser también el reducto de la mutilación. Sí Don Miguel: Viva la vida.

 

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