Cuando la mentira es la moneda de cambio.


Por Manuel Bermúdez.

mentiraLo que hubiera supuesto un incidente internacional de primer orden, impensable en el mundo democrático occidental, como ha sido el secuestro del avión presidencial ecuatoriano por parte de varios países de la UE, violando las leyes internacionales y la soberanía de un país, ha ocurrido ante los ojos del mundo como si de una minucia más se tratara. Pero ya nos hemos acostumbrado de tal manera a nuestro collar que lo hemos aceptado como parte de nuestra indumentaria, cuando no como parte de nuestro propio cuerpo.

Si bien en todas las épocas se cuecen habas, la nuestra es la más deprimente de cuantas hemos sido testigos a lo largo de la historia. De manera que repetimos precisamente la historia, haciendo cada vez más honda nuestra huella en ella, como si realmente estuviéramos a salvo de la más elemental de las justicias, más allá del bien y del mal, por el solo hecho de ampararnos a la sombra de los EEUU, paradigma de la libertad, la oportunidad, la democracia.

En un acto de desmesura sin antecedentes, lacayos serviles del american way of life, le fue concedida por la Academia Nobel el premio más prestigioso mundialmente a un recién elegido presidente Barack Obama. Del mismo modo que sólo unos meses antes todo occidente asentía ante la doctrina del ataque preventivo, con los resultados aún por conocer de muerte, destrucción y radicalización del Medio Oriente, todo el mundo civilizado lanzó tres hurras ante el premio preventivo que presuponía el cierre de Guantánamo y la quintaesencia esperada, por el simple hecho de que las esperanzas de un nuevo orden social basado en la justicia y el derecho internacional devolvieran la sensatez a las instituciones imperiales, de la mano de un césar negro. Ahí radicó la esperanza, en la negritud del César. Del nieto de esclavos se esperó todo, pero no contábamos con que fuese un esclavo domesticado.

De este a oeste y de norte a sur se han ido sucediendo, como todos conocemos, las liberaciones e instauraciones de regímenes democráticos, bajo el auspicio de la bandera de barras y estrellas apoyada en la de sus aliados fieles, con el resultado de un mundo en paz, donde la libertad, la dignidad, la transparencia y la verdad rigen nuestros destinos, de manera tal que, igual que en el tiempo de la Guerra Fría y el Muro de Berlín, se constata la diferencia con los regímenes totalitarios emergentes en Latinoamérica, donde la corrupción y el pucherazo campan a sus anchas, el pueblo desesperado busca la harina de maíz y Cuba gobierna con mano férrea su propia internacional comunista, abyecta y deleznable, directa a la yugular de los pobres y constituye una amenaza real y continuada contra el mundo libre.

Pero no es así. Ni mucho menos. Julian Assange y Edward Snowden, occidentales que se han atrevido a evidenciar la corrupción del imperio y sus acólitos, viven asilados o en proceso de refugio bajo el paraguas protector de esos países abyectos. La denuncia del espionaje masivo, la venta de armas a grupos terroristas, la desestabilización de gobiernos incómodos, el asesinato impune de civiles inocentes, en fin la historia de siempre sigue su curso y a más de cinco años vista Guantánamo sigue siendo la cárcel infame, el lugar para la tortura por excelencia que sólo es tan intocable como los paraísos fiscales que sirven para lo mismo: evitar el derecho y la justicia, solo que en estos la tortura se hace en diferido, indisimuladamente, aunque el efecto sea similar: la pérdida de la dignidad y la vida de hombres y mujeres.

Entre tanto en España vivimos bajo el mismo régimen de mentiras y más mentiras, empobrecidos por el acuerdo internacional de las grandes empresas que sostienen el tinglado. Pero aquí somos especialmente complacientes y si bien es verdad que las encuestas anuncian un declive pronunciado de las dos grandes fuerzas políticas, así como de los órganos de comunicación a sueldo de éstas y del gran capital, a pesar de la desfachatez sin límites, a pesar de la precariedad galopante, la pobreza indiscriminada, el hambre infantil, el paro sin precedentes, la caída de las pensiones y la mentira, la mentira, la mentira instituida como premisa fundamental del poder, de la democracia. Hasta ahí ha caído nuestro sistema de libertades basado en el estado de derecho, convirtiendo a unas en objeto de persecución policial y al otro en objeto de mangoneo y prevaricación.

Se ganan elecciones con más votos cuanto más ha sido frecuente e importante la corrupción, se expulsa de la carrera judicial a jueces valientes y responsables, se apalea a multitudes indefensas que se manifiestan pacíficamente, y mientras en regímenes externos se jalea la rebelión, se la arma y financia, aquí la exhibición privada de una bandera republicana es objeto de represión policial, política y judicial o los gritos de los estudiantes, el proyecto de futuro de nuestra nación son acallados con violencia, exilio y a esto lo llamamos movilidad exterior.

El grupo político que soporta al gobierno más mentiroso de la historia reciente española está nadando en la mierda de un dinero obtenido mediante el cohecho y la prevaricación continuados. Mientras la población entra en una espiral indigna de pobreza y falta de recursos, es desahuciada, se producen cientos de suicidios por incapacidad económica o vital para hacer frente a la adversidad, los miembros del gobierno, nuestro gobierno que nos piden más y más sacrificios, ganan más dinero que nunca, en A, en B y mediante complementos que van desde el pago de viviendas hasta los gastos de comilonas, copas, puros, viajes, drogas y alcohol. Pero aún así ganarían las próximas elecciones.

Esto sólo significa que el cesto está lleno de manzanas podridas, que quedan muy pocos justos por los que luchar, que todo es mentira y mientras más grande es la mentira más nos regocijamos en nuestra imbecilidad. Esto explica por qué acudimos a los cines a regocijarnos en familia con nuestro villano favorito y salimos satisfechos.

Manuel Bermúdez

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