De los recortes al populismo. La dinámica de la ambigüedad.


La candidatura se basará en la “solidaridad y sobriedad” y, en su ejercicio político primará el “bien común” y el hombre estará “por encima de las ideas”.

ideasEn el mundo recortado que nos ha tocado vivir uno de los recortes más evidentes es el que ha sufrido el lenguaje. Hablamos algo parecido al español en mil palabras. Hemos perdido vocabulario, con lo que nuestra capacidad de matizar es infinitamente menor que en otros tiempos, tal vez esto convenga, sobre todo, a la clase política en su juego eterno de la ambigüedad y a los movimientos sociales en su loca escalada apartidista de cajón de sastre. Pero al mismo tiempo perdemos todos ya que en este afán por la economía del lenguaje, que no obedece a la inteligencia sino a la falta de esfuerzo, de lectura y de sabiduría, emitimos mensajes simplistas, carentes de soporte racional suficiente y terminamos por perder más tiempo en dar explicaciones para que se nos comprenda mejor.

Otra característica de nuestro mundo es el maniqueísmo, en gran medida fruto de esa mal entendida economía del lenguaje. Cuando perdemos calidad lingüística, riqueza de vocabulario, perdemos al mismo tiempo capacidad conceptual, imaginación. Así entramos en una lógica dualista, en este sentido comenzamos a ejercer dogmáticamente.  De tal manera accedemos a un mundo insensato en el que cuando hablamos, por ejemplo, de hombre e ideas estamos atribuyendo al primero bondad y a lo segundo perversión o iniquidad.

Me estoy refiriendo a la frase programática o declarativa (¿?) que resalté al comienzo de este artículo. No dudo de su buena fe, pero supone todo un reto a la inteligencia dadas las circunstancias. Establecer el bien común como un principio aceptado de forma unívoca y unánime ya es mucho suponer, porque el bien común existe en la medida que lo hace el mal extraordinario y particular, del mismo modo que al hablar del hombre como plural mayestático nos alejamos de cualquier programa político, que debe versar sobre lo concreto y circunscrito al territorio, las circunstancias histórico sociales, la economía, etc, porque de lo contrario se trataría de una declaración universal. De esta forma lo que para alguien supondría un mal particular, otros damos por hecho que se trata de un bien común. Así funciona la sociedad y sin embargo partimos de una entelequia las más de las veces cuando hablamos. Pero ¿por qué digo esto?

En tiempos de crisis total como ésta en la que vivimos, lo concreto se vuelve esencial para cada cual. Cada individuo vive con tremenda angustia y ansiedad su necesidad, su escasez, su falta de perspectiva y requiere de respuestas concretas y directas, lo contrario simplemente son palabras. Pues justamente en estos momentos en que tomamos conciencia de la pobreza particular– en el más amplio sentido del término –  se evidencia colectivamente la pobreza de nuestro universo imaginario, nuestra incapacidad para hacernos comprender, la trampa que nos hemos impuesto. Al hablar de ideas e ideologías perdemos de vista absolutamente su valor real, porque le atribuimos al término connotaciones que en el contexto son falsas. Ni las ideas ni las ideologías son, en modo alguno, generalidades vanas, ni una especie de elucubraciones gratuitas que nada aportan a nuestra vida concreta ni comunitaria. Idea no es sinónimo de ensoñación o alucinación, por lo contrario idea es el producto, en este contexto de lo político y programático, del trabajo atesorado a lo largo del tiempo por múltiples personas y grupos sociales, que han ido depurando una argumentación sobre realidades, experimentando concreciones, probando soluciones, estableciendo tesis basadas en el esfuerzo intelectual y práctico que han dado como resultado un conjunto de ideas concretas y coherentes dando lugar a una ideología. Así, cuando desdeñamos las ideologías como algo fatuo, en absoluto práctico, útil o meramente falso, estamos haciendo un flaco favor a nuestra especie, la única en el mundo capaz de diseñar una estrategia lógica para acercarnos al precipicio o alejarnos de él.

Entonces osamos programar una acción socio política que tenga como eje central al hombre y no a las ideas ¿cómo es esto posible? ¿Qué hombre u hombres son el móvil de nuestra acción concreta? ¿Atenderemos al hombre opulento antes que al necesitado? ¿Será su situación económica o laboral la que inspire nuestra acción concreta? ¿Para determinar esta o aquella medida concreta haremos el plebiscito correspondiente, así desde el primer día al último y a cada paso? ¿Será la respuesta del plebiscito atendiendo a la necesidad particular establecida como comunitaria al socaire de los votos la que decida taxativamente nuestra acción concreta? ¿Seremos capaces de establecer una pregunta aséptica sobre la que basar la consulta?

Honradamente me pregunto si hemos perdido el juicio, si tantos milenios realmente no han aportado sabiduría ni capacidad de juicio y de justicia social a nuestra humanidad en esta época plagada de tecnología, donde la esperanza de vida se ha ampliado espectacularmente. Pero me preocupa más en tanto que es la clase política la que se compromete mediante frases así a dar respuesta a un mundo en crisis. Evidentemente el voluntarismo es valioso, pero no justifica esta abdicación de la más rica capacidad adquirida.

Cualquier colectivo de cualquier ideología puede, a riesgo de presentarse bajo el signo de la mayor de las ambigüedades y en clara sintonía con el apoliticismo en boga y su secuela más evidente: el populismo, argumentar de este modo su perspectiva de gestión. Para quienes nos declaramos de izquierdas, la ideología no es un sobrante, una especie de retal inservible, muy al contrario es el rico bagaje adquirido a fuerza de inteligencia y luchas en las que hombres y mujeres concretos han dejado sangre y esfuerzos tan concretos como sus vidas, personales y colectivos. La ideología y las ideas son el marco irrenunciable con el que contar para minimizar los errores y los daños sin defraudar la confianza sobre nosotros. Y el hombre… ¡Ah! El hombre ha sido y sigue siendo un lobo para el hombre.

Manuel Bermúdez

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