Aportación a las conclusiones de Alternativas desde Abajo.


AltAbajoNo cabe duda que para las actuales generaciones españolas el libro Educación para la ciudadanía, tan discutido en amplios sectores sociales, de Carlos Fernández Liria, Pedro Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, ha supuesto un aldabonazo y un hallazgo. Marxistas de reconocido prestigio intelectual y social, han abundado en los conceptos clásicos de ciudadanía en aquellos instantes históricos en que se desarrollaron con mayor claridad y amplitud: la Grecia socrática y la Revolución Francesa donde los derechos individuales y ciudadanos se declararon con solemnidad, para en un claro ejercicio de argumentación asequible concluir con la demostración de una tesis lapidaria, contradictoria ante la fuerza de la costumbre que alimentan los intereses económicos internacionales: la democracia es incompatible con el capitalismo.

Así es se mire como se mire. Puesto que la democracia es el imperio de la ley, de la que la sociedad organizada se dota en función de los principios colectivos y personales de justicia, libertad e igualdad, nada ni nadie puede situarse por encima de ella, si no es el propio ciudadano para corregirla mediante los cambios, redirigiendo las desviaciones que se producen en los objetivos perseguidos o atendiendo a las nuevas necesidades que aparezcan. Así el imperio de la ley, ante la que todo ciudadano es igual, organiza a la sociedad dotándola con los medios que propone,por lo que la economía es regulada como una herramienta más y de vital importancia para la consecución de la justicia social, la libertad y la igualdad.

Por naturaleza el capitalismo es absolutamente contrario a cualquier tipo de regulación y la permite parcial y exclusivamente en tanto que su tasa de beneficios pueda verse afectada. La crisis en la que actualmente se enmarcan las sociedades es producto precisamente de la desregulación del sistema económico y financiero; prueba evidente de que llamamos democracia a un sistema que no lo es porque no controla uno de los pilares básicos, la herramienta que permite dotar de medios todas las políticas, priorizando según una escala de valores y necesidades en función del bien común y con criterios de justicia y equidad. Estos valores se enumeran como meramente declarativos por nuestros gobernantes presentes y pasados, pero son los principios de rentabilidad, competencia y consumo los que realmente subyacen, no sólo en las clases dirigentes sino, y esto es lo determinante, en la sociedad, por lo que cabe preguntarse, sin prejuicios, si han desaparecido realmente en el 99% que decimos representar los movimientos sociales.

Así que al margen de disquisiciones de segundo orden, lo cierto es que el capitalismo es antidemocrático o la democracia es intrínsecamente anticapitalista. Por esto es llamativo que en los documentos resultantes de las Jornadas celebradas en Madrid con el nombre de Alternativas desde Abajo, esta idea fuerza, básica, a partir de la cual podemos hablar de reformismo o rupturismo, no está definida con claridad, y en tanto que esto es así cualquier aportación de soluciones por loables y necesarias que sean, supondrán una mera reforma del actual sistema o por lo contrario un punto y aparte decidido y valiente como respuesta social al cúmulo de despropósitos y autoengaños al que nos hemos sometido. Conocemos los resultados del caso islandés, hemos analizado el papel que los partidos de izquierda han jugado, pero ¿hemos reflexionado suficientemente acerca del papel de la sociedad organizada y dispuesta al cambio? ¿Es serio concluir que, una vez más, son los partidos los únicos responsables de los resultados políticos?

Evidentemente queda mucho camino por recorrer, se anuncian nuevas reuniones entre partidos de izquierda y movimientos sociales en la búsqueda de un horizonte de convergencia con la pretensión de aunar aquello que ha dado en llamarse la voluntad del 99%. Trato de ser prudente y dar tiempo a la reflexión, sin embargo creo necesaria esta aportación porque de la concepción, capitalista del orden político o democrática, de que nos dotemos depende cualquier actuación futura. No pueden establecerse equidistancias sistémicas, mucho menos mantener el engaño del que nos han desembarazado los autores antes citados. Si lo que buscamos es democracia real y participación de la sociedad en las decisiones políticas caminaremos en un sentido, en tanto que si pretendemos ordenar nuestra participación en un mundo capitalista sólo tenemos que conseguir entrar en los consejos de administración de las empresas y convertirnos, sin escrúpulos, en brokers, ejecutivos, oportunistas o especuladores, solo así seremos tenidos en cuenta políticamente. Y lo sabemos.

Los movimientos sociales, de los que formamos parte, se han multiplicado en plataformas, mareas, organizaciones sociales con las subsiguientes corrientes, escisiones, etc. A todos les es común el principio del apartidismo con el doble objetivo de oposición irreflexiva al comportamiento pretendidamente paralelo de todos los partidos con o sin representación parlamentaria, y por otra parte como argumento inclusivo según el cual podemos alcanzar un acuerdo de mínimos.

Ya afirmo, al calificar de irreflexiva a la pretendida equidistancia democrática y orgánica de los partidos, que es sólo una manera más de no afrontar la crisis del sistema adoptando el papel de víctimas. Ni todos los partidos son iguales ni todos son corruptos ni persiguen los mismos fines ni los ciudadanos hemos estado a la altura de nuestros propios intereses y expectativas. De otra parte la inclusividad por la cual podemos alcanzar acuerdos de mínimos no se compadece con la concepción básica de la democracia real o la falacia de la democracia capitalista que defendamos. Socialmente es legítimo decidir un camino u otro, pero en tanto que caminos opuestos, los acuerdos de mínimos sólo pueden alcanzarse dentro de una u otra concepción. Es más, el acuerdo de mínimos residiría en establecer qué sistema es el adecuado en función de los principios de democracia, participación, justicia e igualdad que afirmamos defender, para luego establecer los medios legales que los posibiliten.

Vale que una gran parte de la sociedad no haya definido su objetivo o no esté convencida de que el socialismo sea la alternativa oportuna, pero entonces habrá que definir al sistema de que nos dotemos, como mínimo, como capitalista o anticapitalista,  antes de decidir cuestiones tan importantes pero menores como lo son la ley electoral, la reforma fiscal, la participación ciudadana, la deuda, las relaciones con la UE, etc… porque, no nos engañemos más,  lo que nos ha estallado en las manos son los instrumentos políticos del capitalismo y su sistema de valores, la Democracia ni la hemos olido aún.

Manuel Bermúdez

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