¡Albricias, bajó el paro!


Albert Camus pretendió que el castigo de Sísifo obedecía a la ligereza con que trató a los dioses, revelando sus secretos. Puesto que hablamos de mitos y estos se crearon para dar la explicación más adecuada a los sucesos por parte de los hombres, prefiero esta y no otra explicación. Además Camus me gusta, qué diablos.

sisifoLo cierto es que eso de revelar los secretos de los dioses siempre ha traído consecuencias funestas a los mortales. Díganselo al soldado Manning, quien por divulgar el arte de los dioses al mando de los blachawks disparando contra civiles, entre otras lindezas, está acusado de revelar secretos a Al Qaeda y tiene ante sí un futuro eterno entre rejas, quién sabe si el Hades. Eso sí que va a ser un pedrusco que subir a lo alto del monte de su vida. Los dioses, claro, se frotan las manos, castigan duro y dejan bien claro que siempre hubo clases.

Al respecto de las clases, aquella pareja inefable de prusianos que formaron Carlos Marx y Federico Engels, desentrañaron, muy a pesar de los dioses, los vericuetos recónditos y, lo que es peor, sus mecanismos de funcionamiento y las consecuencias sociales, laborales, económicas y políticas del capitalismo. Al hacerlo destaparon la caja de pandora, de la que emanan todas las desgracias de los dioses desde entonces y donde quedó, tan sólo, la esperanza escondida. De ahí que sea lo último que se pierda. ¡Ah! ¡La Esperanza! Más, ¿de quién?

Los dioses, inherentemente capitalistas, lo que demandan es única y exclusivamente la ganancia, lo demás: el estatus, el poder, el privilegio, la distancia… viene por añadidura. Para que la ganancia lo sea, ha de ser más cada vez y, por supuesto, nada se le antepone, para lo cual todo se le somete. Ni estados ni cargos intermedios ni obreros ni parados ni pobres de solemnidad ni hambrientos ni muertos. Los dioses remueven singularmente cualquier obstáculo que limite o se interponga entre su ser/estar y la ganancia. Nada debe intervenir, y si lo hace será bajo su dirección estricta, el tiempo necesario y con un confesionario cerca para, al punto, volver a la gracia de si mismos.

El Capital es un largo libro en tomos que unos arrinconan entre los libros de filosofía, aprovechando la confusión de esta materia y su desprestigio interesado, porque invita a los hombres a preguntarse porqués. Nada más atrabiliario ni obsceno. Otros, en las universidades, cuando se ofrece tangencialmente desde las clases magistrales, lo hacen como si de una rareza o un disparate se tratase y en cualquier caso, como excepción empírica, véase la URSS y la clarividencia de S.S. Juan Pablo II de la mano de Lech Walesa que en un gesto de solidaridad humana la borraron de un plumazo, abriendo así un mundo lleno de felicidad, paz y plenitud.

Tan es así que vivimos, como si de un regalo por nuestro comportamiento acorde a sus deseos se tratara, el júbilo de ser, los más, testigos del crecimiento del empleo en el último trimestre. Tan agostados por la necesidad, los más, hacemos del regocijo, de los menos, el nuestro y todos juntos, los más y los menos, miramos los televisores, perdemos la mirada entre las paredes, mientras a través de las radios oímos como las predicciones del gran sacerdote Rajoy, se cumplen punto por punto: las profecías que días atrás anunciaban con alborozo la buena nueva.

Con la garganta seca, los huesos haciendo presión contra nuestras pieles, minoramos la precariedad de las condiciones, la temporalidad escasa, el salario ausente, porque la travesía es larga y no hubo pozos en kilómetros a la redonda hasta este. Hubo un pueblo en la antigüedad que anduvo más de cuarenta años por el desierto, para finalmente descubrir que la tierra prometida consistía en un erial que, además, había que tomar por las armas. A cada paso se sentía bendecido y agradecía a su dios lo que sus propios pies y manos arrancaban de sus semejantes. Al cabo de cuatro mil años la historia continúa en aquellos eriales, terca, inapelable.

Mucho me temo que junto con La Esperanza, en la caja de los secretos y las desgracias también quedó, envuelta bajo las sombras, La Clase Obrera. Eso que nos iguala y distingue particularmente. Eso que nos advierte y predispone. Lo que somos pero olvidamos mientras una y otra vez subimos hasta la cima del monte de los dioses el peso insoportable de nuestra propia condición obrera.

Manuel Bermúdez

Anuncios

Un comentario en “¡Albricias, bajó el paro!

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s