Sócrates, Lenin y el efecto mariposa


efectomariposaAunque no son términos contrapuestos, ni son equidistantes ni mucho menos sinónimos. Hablo de poder y gobierno. Parece que cada vez más, debemos felicitarnos muchos y muchas por ello, las diferencias son claras y esto se debe por desgracia al uso que de uno y otro término se ha realizado a lo largo de la farragosa historia del ser humano desde que se organiza socialmente.

Atribuimos frecuentemente a la Grecia clásica el hallazgo de la democracia, pero lo hacemos con el mismo cinismo con que concretamos su desarrollo desde el inicio de su práctica, no lo olvidemos, siempre bajo el imperio del capitalismo como forma de explotación económica de la sociedad. De ahí su vacuidad. No debemos olvidar que en nombre de la democracia en mayúsculas y por medio de la misma en minúsculas fue invitado a morir Sócrates, quien, coherente, no dudó en cumplir la ley, aunque al hacerlo hubiera de sacrificar su propia vida. Cuando en nuestra miopía analizamos el desarrollo de cualquier coyuntura histórica, sobrevaloramos el principio de conservación de la especie y tendemos a observar un acto similar al que me he referido como un cuento lejano y ajeno, idealista y utópico. Por esto no debemos olvidar que el individuo concreto de nombre Sócrates, hijo de Sofronisco, cantero de profesión, y de Fainarate, comadrona y sus labores, natural de Atenas, murió por su propia mano, ejecutando la sentencia a que fue sometido en el año 399 antes de la era cristiana.

Sócrates se condujo a lo largo de su vida de un modo inteligente. Pues los árboles le impedían ver el bosque, se preguntaba constante y conscientemente acerca de una realidad que intuía y completaba el entorno vital que diera sentido a su vida, relaciones, sociedad, organización y conocimiento. Si lo inmediato era necesario resolverlo no olvidaba que el entorno, lo que hoy llamamos sistema o estructura, delimitaba las posibilidades de respuesta a los problemas cotidianos. Así nos encontramos a un hombre que se preguntaba y preguntaba a sus contemporáneos continuamente, esta pregunta versaba más sobre la capacidad transformadora del buen gobierno que sobre la autoridad y notoriedad del poder en sí mismo, lo que hoy conocemos cotidianamente como poltrona.

Al otro lado de la historia otro teórico vitalista de índole diversa llamado Vladimir Illich, popularmente conocido como Lenin, hijo de Ilya y María, en 1919 andaba inmerso en la resolución vital propia y ajena, bajo el marco de un bosque lleno de árboles tras de los cuales se abría todo un mundo de posibilidades alternativas – otras, distintas – a las que la democracia más avanzada de su tiempo, la capitalista, ofrecía. Si aquel griego preguntaba de continuo, este ruso respondía desde su experiencia reciente, desde el inmenso hallazgo que suponía ser impulsor, nada menos, que de un orden nuevo, contradictorio y esperanzador como pocos, a aquel del que todo se conocía y poco se esperaba, respondiendo con actos transformadores a quienes se servían de la poltrona del poder. En esta coyuntura de respuestas para él ciertas, limitadas por una experiencia incontestable y única lanza al internacionalismo sus veintidós tesis y una propuesta.

Este documento[i] fechado en la que posteriormente sería Leningrado, cuyas afirmaciones se sitúan en contra del infantilismo de la izquierda socialdemócrata internacional, que comprendida la realidad del bosque prefirió dedicarse a su cuidado y aprovechamiento antes que a cuestionarse el entorno que lo delimitaba, actúa como efecto mariposa. Así, en este contexto feraz y elemental, se produce la escisión del partido socialista obrero y el partido comunista españoles. Fruto del mismo nace la decisión de convertirse en leñador por parte del PSOE, que perdura en nuestros días.

Ser leñador hoy es sinónimo de profesional, duro y resolutivo. Es más, el desarrollo de la mentalidad ecologista puede convertirlo en agente responsable de la gestión natural del bosque, pero no entraña la superación de una lógica oportunista y miope, puesto que el bosque no es más que la suma de árboles que impide ver una realidad mayor.

Así nos encontramos nuevamente, errores incluidos por en medio, con las dos actitudes vitales de las que depende nada menos que el ser libre y el dependiente. Ser capaz de transformar o dedicarnos a que sirvan nuestros intereses aquellos a los que desde el poder conceden las migajas suficientes para que el servilismo se perpetúe.


[i] V. I. Lenin, Discursos pronunciados en los congresos de la Internacional Comunista. Editorial Progreso, Moscú, s.f.

Manuel Bermúdez.

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