Carta abierta a España y al sur de todos los nortes.


Tras el primero de mayo me ha quedado un regusto amargo. Las movilizaciones, hemos de admitirlo no han revolucionsido lo numerosas que el momento que vivimos requieren. Desde la primera espantada del gobierno de Zapatero hasta las últimas rendiciones incondicionales de Rajoy, las razones para la rebeldía han ido aumentando exponencialmente y los motivos para quedarse en casa, tanto de los y las paradas que somos legión, como de quienes mantienen a duras penas y en condiciones vergonzosas sus puestos de trabajo públicos o privados, se han analizado hasta la saciedad, concluyendo que el más importante de todos es el miedo, que ha calado hasta los tuétanos.

Los movimientos sociales que han salpicado nuestra geografía de manera aparentemente intermitente y explosiva continúan, mal que les pese a muchos y a pesar de sus mismos componentes no pocas veces, elaborando pensamiento político y social en aras de reconstruir la democracia e implantar un sistema que priorice a las personas. Al mismo tiempo la izquierda real en el parlamento nacional, así como en el gobierno de Andalucía, bajo el yugo de los recortes que han dado en llamarse reformas, realiza una labor ímproba, dificultada y silenciada por los propios estamentos oficiales y más aún por los medios de comunicación, fieles correas de transmisión de los poderes fácticos o de los propios partidos mayoritarios que, junto a la estructura europea nacida de Maastricht, Schengen y el Tratado de Lisboa, nos han gobernado desde la transición.

He de declarar abiertamente lo que es obvio para muchos de nosotros, pertenecientes, afiliados, militantes de la izquierda real, esto es Izquierda Unida (más unida que nunca) como movimiento político social, así declarado, desarrollado y estabilizado, que la política que impulsamos desde las instituciones no es toda aquella que constituye nuestro programa, y no lo es porque tendríamos que sustentarnos en una mayoría social que continúa sin creer en nuestras propuestas sinceras de gobierno. Es cierto que según las encuestas aumenta este apoyo progresivamente, como decrece el que hasta hace pocas fechas gozaban la derecha y la socialdemocracia españolas encarnadas en el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español, a la vez que asciende el apoyo a UPyD, la nueva derecha nacionalista, recentralizadora  y ambigua, adornada demedias melenas y tuiter de modernidad. A las dificultades insoslayables de falta de apoyo decidido hacia Izquierda Unida, desprestigiada de manera interesada mediante los silencios cómplices y las maledicencias capitalistas, se unen hoy como ayer las críticas internas de las sanas corrientes de opinión que la pueblan, con el pero de que miembros y miembras de las mismas gustan del ataque público, la mayor parte de las veces para ver quién la tiene más larga. De ahí, también, que valore íntima y doblemente el coraje de las mujeres y hombres que tras Cayo Lara o Diego Valderas, con sus renuncias y transparencias de una ética insobornables realizan, distinguiéndose, lo digo a boca llena, del resto de la clase política española de tal modo que resulta una simpleza propia de la desdichada estructura del pensamiento colectivo español, que se crece antes por el acoso y derribo que por los méritos del trabajo propio.

Expuesta la realidad, como se expone al sol el orégano en las fachadas de mi pueblo de nacimiento, os hago ahora una propuesta distinta y una pregunta nuclear. Cuando durante cinco largos años de cautiverio en Túnez un eclesiástico movilizó todos sus recursos para pagar el rescate de Miguel de Cervantes ¿qué pensaría el soldado escritor acerca de su futuro,  libertad y su regreso? Aquel que había vivido a la experiencia de vacío que el poder político-militar ejercía sobre el pueblo español, tratándolo como carne de cañón, valorado como mero número al que cubierto de harapos y portando sus propias herramientas de muerte, sin soldada, a la espera del pillaje como único recurso económico, desprestigiado como asesino profesional de los afamados tercios, por eficaces escabechinas, españoles a mayor gloria de los Austrias, conviviendo su miseria con la del campesinado, acosado por tributos y diezmos, faltos los artistas de mecenas o limitada su creatividad por el indecente gusto ortodoxo de obispos y duques… ¿a qué país, a qué sociedad, volvería? Y ¿qué esperaba D. Miguel de sí mismo, más allá de la pura supervivencia?

Podemos imaginar antes el fin del mundo que el fin del capitalismo decía, en homenaje a Chávez, Juan Carlos Monedero. Así, tras estos primeros años de involución, que no serán los últimos, continuamos, mucho me temo, pensando dentro de las categorías burguesas democráticas de baja intensidad, porque aún pensamos que la mejor receta es aquella que nos devuelva al estado de bienestar que muchos de mis camaradas y yo describimos como de enajenación o alienación. La inmediatez nos roba la mayor capacidad humana, la creatividad, la capacidad de buscar la alternativa que todos sabemos en nuestro interior que no es utópica, pero así la tildáis y no es otra que el socialismo, rejuvenecido y repensado desde las categorías que las derrotas y los errores propios aclaran a lo largo de todo el proceso de búsqueda de la felicidad, arrebatándonos por quienes nos los roban cada día y desde que anteponemos lo inmediato a lo importante, los derechos.

Ninguna revolución que valga la pena tiene éxito si tras ella no existe el convencimiento profundo, personal y colectivo de la inmensa mayoría, que coincide con la población sojuzgada y trabajadora, ese noventa y nueve por ciento del que oímos hablar en asambleas ciudadanas. De ahí que si el objetivo es el socialismo, la estrategia sea la acumulación de fuerzas sociales en torno al convencimiento auténtico, razonado y emotivo, de que somos sujetos de derechos, que el trabajo es sólo un medio honesto para la vida y la táctica la movilización y la pedagogía mediante el acto y la palabra.

Vivimos algo más que una crisis económica, se trata de una crisis existencial. Nos jugamos volver al redil del que partimos, para en poco tiempo y siempre bajo el yugo de reyes y amos, perder nuevamente dignidad y bienes básicos. Veintiún siglos de historia más miles de años de prehistoria contrarrestan la ciencia inviolable de la evolución aparentemente. Más no es cierto, cada día más cerca nos asomamos al abismo de una tierra envenenada, preñada de felicidades efímeras e inconsistentes. Una vez más está en nuestras manos la posibilidad de cambiar, evolucionar. Sabemos cómo pero no todos estamos dispuestos a pagar el precio que vale la integridad y el desarrollo humanos.

Me tacharéis de presuntuoso algunos, esto tal vez como poco. Sin embargo hablo desde el convencimiento personal al que lo rojo de mi sangre y el amor por mis hijos y los hijos de mis hijos me animan. Convencido y disminuido por mis limitaciones suscribo con toda mi alma de ser humano y obrero el dicho de aquel otro, al que no sería digno de atar los cordones de sus alpargatas guerrilleras, cuando aseguró que el revolucionario está siempre guiado por sentimientos de amor[i]. Así sólo cuando el amor constituya masivamente nuestra fortaleza ciudadana seremos dueños libres de nuestro destino y podremos construir un mundo mejor, en vez de poner nuestra esperanza en manos del trust de mercaderes  [ii].

Manuel Bermúdez.

 

 


[i] Obras escogidas 1957-1967. Ernesto Guevara

[ii] Vieja raposa. La insignia. León Felipe

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