Detrás de un patriota hay siempre un comerciante.¹


iglesia-estadoHe de declarar que en lo relativo al hecho religioso no soy creyente, sino confiado. Esto no es producto de un día, todo lo contrario. Mi devenir religioso ha transitado desde la creencia a la increencia a fuerza de acercamiento, compañía, estudio y conciencia. Sé que decir esto militando en el PCE rechina. Pero ni soy el último ni la primera comunista que procede del mundo cristiano y que en muchos sentidos mantiene un cierto vínculo, un dilema, pura dialéctica vívida. Como dice Teresa Forcades siempre ha habido un diálogo entre comunismo y cristianismo. A pesar de los puristas de uno u otro lado, es una realidad y como tal hay que contemplarla. Por cierto, tuve la alegría de conocer y visitar con cierta frecuencia en su retiro de Fuenteheridos, mi pueblo de nacimiento, a un anciano y lúcido José Bergamín, a su regreso del exilio. Con aquella sonrisa irónica y aforística sentenciaba: como comunista siempre me han odiado los cristianos, como cristiano siempre lo han hecho los comunistas.

He de declarar que cuando oigo aseveraciones como aquellas, a las que nos tienen acostumbrados los más de los obispos en España que, como comunista me la traen floja, como confiado en el espíritu de los actos y palabras del galileo me espeluznan.

Hemos soportado a dos papas, dos, de la acreditada ganadería vaticano – contraconciliar, que se han esmerado lo suyo contraponiendo dogma y magisterio seguros a relativismo. Es como poner vallas al campo. El galileo no tuvo el más mínimo interés en crear ninguna iglesia, fue un judío creyente que antepuso su libertad de conciencia al marasmo de normas bíblicas y talmúdicas que constreñían cualquier posibilidad de crítica, en tanto que su inobservancia llevaba a los sujetos a la herejía. Este hombre creyó en un dios particular, como hacemos todos, también los cristianos y católicos para sus adentros, y su conciencia crítica hizo todo lo demás. Así, si hay algo seguro en sus enseñanzas, se trata de que el hecho religioso es individual, personal, por lo tanto relativo y en tanto que relativo es dinámico como la vida. En la vida buscamos respuestas a cada paso, es la dialéctica entre la realidad y nuestra comprensión de la misma la que nos hace avanzar. Surgen evidencias nuevas ante las que posicionarse, o antiguas y llenas de tabúes propios de un momento cultural, ante los que desembarazarse y mirar cara a cara el hecho como cierto, acostumbrado, valorable ética y moralmente. De lo contrario aún seríamos neandertales, con todos mis respetos a nuestros ancestros.

La jerarquía (nada más contrario al acratismo de Jesús) de la Iglesia Católica, alcanzado el poder de poderes desde que al imperio le interesó, se arrimó al ascua que más ardía y desde entonces, por supuesto antes también, pero desde entonces con mano de hierro y una total falta de misericordia, encerró la vida de los hombres y mujeres en su visión miope de la realidad, llenando de sufrimiento, desatino y bipolaridad a su rebaño, tratándolo como si animales para consumo fuesen. Alienando su espíritu para que se resignara ante la injusticia a cambio de una vida futura que, el mismo Jesús, declaró como presente aquí y ahora, porque más allá de nigromancias, supercherías y supersticiones, si crees en la justicia es para hacerla aquí y ahora, su recompensa o satisfacción reside en el acto personal y libre de hacerla posible aquí y ahora.

Es la inercia del estatus alcanzado, la prepotencia y la iniquidad de sus normas inamovibles, hasta que les interesa, lo que concita su derecho a influir en una sociedad que se debate entre el hartazgo de tutelas y la necesidad, por falta de personalidad y arrojo, de acomodarse a un listado de lo que puede o no hacerse. Ante la arrogancia de sus exigencias se impone nuestra libertad de no concederlas.

Asistimos, los comunistas, y en general la gente de izquierda o no creyente al lamentable instante en que dos fuerzas conservadoras comercian con su fanatismo elevándolo, aquí está su gravedad, a rango de ley. Los cuervos y buitres se reparten su presa según los intereses de cada cual, los unos para mantener su poder, los otros para no perderlo ante sus votantes, pero al mismo tiempo relativizando la norma pública según cuántos homosexuales y lesbianas confesos cuenten en sus filas y la seguridad y coste de los futuros abortos que prevean realizar.

Así las cosas tendremos que esperar a un gobierno laico, un proceso constituyente que esgrima una Ley de leyes que abomine de la superstición, la hegemonía, el monopolio y la monarquía absoluta vaticana, hasta situar en el lugar que conviene al libre albedrío, a esta raza misógina, fanática y deshumanizadora, que tanto ha maltratado un mensaje milenario de libertad y consagra como víctimas propiciatorias a su estatus, a cualquier persona más allá de ideologías, creencias o confianzas.

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¹. Aforismo. José Bergamín

Manuel Bermúdez

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