Sobre la vida nueva de José Luis Sampedro


jlsampedroRaras veces la muerte es ocasión de alegría. Cuando miro hacia atrás, durante aquellos momentos en que mi fe comenzaba a vacilar y la razón se iba adueñando, felizmente, de mi vida, comencé a entender en toda su extensión aquel misterio de la resurrección. Como todos los asombrosos milagros, una vez más este se agrandaba al situarlo bajo la lupa del raciocinio. En aquellos tiempos ya había comprendido en toda su extensión la famosa frase: ser ateo te hace tan sabio e interesante como ser creyente te hace bueno, y la máxima de Pablo sobre la vanidad de la fe si la resurrección no puede verificarse, comenzó a taladrar el espacio que existe entre mis oídos, hasta entrarme por uno y salir por el otro.

Cuando la muerte no es más que el último momento de la vida y sus consecuencias últimas significan la liberación del dolor y las limitaciones físicas, si la vida mereció la pena, si se vivió a tragos y fue sembradora de dudas, de esperanzas, de riesgos, la muerte trueca amargura y miedos en equilibrado abono dispuesto para el futuro.

Así entiendo el humilde adiós de José Luis Sampedro como un hasta ahora ajeno a solemnidades, porque cuando no te marchas ni al exilio ni para siempre, no caben las despedidas largas y sombrías. Como alguien ha dicho un chico de 96 años ha llenado nuestros días pasados y futuros de indignación, creatividad y esperanza, para que a los que aún nos queda tiempo sepamos valorarlo y usarlo con diligencia y aprovechamiento.

Manuel Bermúdez.

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