La sociedad comienza a mostrar los dientes.


desesperanciónLa situación general de España es de honda preocupación. Cuando se observa a la sociedad con la lupa de la cercanía, se evidencia el hartazgo al que viene siendo sometida. En pocos años hemos pasado de la opulencia a la pobreza de manera alarmante.En este sentido, el problema reside en la desesperanza,el convencimiento de que la situación general se agrava, para los parados de larga duración y en los jóvenes es total. El gobierno actual que, cansino, no cesa de hablar de confianza y credibilidad hacia Europa y los mercados, no realiza los mismos esfuerzos respecto de los ciudadanos españoles. Les exige una fe ciega en su precipitado galope hacia la pobreza y la exclusión, la falta de expectativas, la demolición de un sistema del bienestar mínimo, hasta el que hace sólo cinco años estaba acostumbrado.

A todo esto en nada ayuda la corrupción galopante que durante largos años (sobre todo los de bonanza económica) ha minado hasta convertir en un queso de gruyere el escenario político bipartidista y el empresarial de altos y bajos vuelos. La corrupción que todos reconocemos como real aunque tengamos que tratarla de presunta legalmente, afecta a todos los poderes del estado, desde la Casa Real, pasando por el Parlamento, los autonómicos, las Diputaciones, los ayuntamientos y afecta descaradamente a la justicia y sus órganos. Ante esta aberración del sistema observamos no ya la laxitud acostumbrada, sino el engreimiento en la poca vergüenza que todas las personas y entidades implicadas ostentan.

El pueblo, cargado de razones, ha ido calentándose y continúa en su escalada de indignación y toma de conciencia. Lo cierto es que los plazos de la macroeconomía y de la política europea, así como los del gobierno del estado, acólito, no responden a las expectativas que dictan las necesidades de los gobernados, quienes más allá de la política quieren recuperar su vida cotidiana, aún a sabiendas de que en el mejor de los casos, revolución incluida, esto llevará su tiempo, sus años y por lo tanto, de perdidos al río. Muchos de nosotros nos decimos no sin temor, pero convencidos, que este no es el camino. Que, ya puestos a perder, al menos dejemos roturada la tierra, para que los que vengan puedan comenzar desde cero. Eso sí lo podemos hacer y es este el convencimiento al que vamos llegando.

Gente militante, como es mi caso, que tiene esperanza en la alternativa que proponemos. Gente generosa que no dudaría en apostar por una coalición de fuerzas de izquierda con partidos y movimientos sociales. Nosotros que desde el minuto cero hemos acudido al llamamiento de cualquier movilización convocada por cualquier entidad sindical, política o social, estamos convencidos de que la aberración a la que estamos expuestos no impedirá que todo continúe al paso que va, incluso que nos expongamos a excepciones que dejarán de serlo, del tipo del rescate a los bancos chipriotas. Porque si todo es posible para el capital, nada es normativo para la política que lo secunda. Ante esto la sociedad necesita de respuestas comprometidas, apuestas honestas aunque nunca sepamos cuáles hubieran sido las mejores.

Si bien es cierto que tomar decisiones drásticas e inmediatas no es lo más idóneo. Si es verdad que en la multitud, que ya comienza a mostrar sus dientes, no está nada claro que se trate de la búsqueda de una sociedad más justa, igualitaria y digna, sino de tratar de regresar a un estado de embriaguez como al que nos expusimos en los años de vacas gordas. Me pregunto si la respuesta en los tiempos que marcan las asambleas políticas, los estudios concienzudos de los economistas sobre las bondades o locura que supondría continuar o salir del euro, teniendo claro, por otra parte, que hay que declarar qué parte de la deuda es legítima y cuál un gobierno de izquierdas no estaría dispuesta a devolver, no será demasiado tiempo, porque el tiempo concreto de las enormes bolsas de la población ya extenuadas física y psicológicamente ante esta situación tan parecida a una de pre-guerra se acaba.

Existen dos pruebas para aventurar preguntas así: la primera es la cantinela que desde la derecha se comienza a oír con insistencia, sobre el hecho de que la izquierda no soporta que la derecha gobierne en democracia (cuando todos sabemos por la historia que se trata de lo contrario absolutamente). La otra es el llamamiento de algunos movimientos sociales a lanzar un órdago revolucionario al Parlamento, con preaviso avanzado y, a mi juicio, mal planificado.

Aunque muchos sabemos lo que cuesta conseguir la acumulación de fuerzas, no es menos cierto que en la situación actual todo es imprevisible. Si bien las movilizaciones realizadas han posibilitado la toma de conciencia colectiva, existe la certeza de que formalmente la mayoría absoluta desea mantener el poder y su orden hasta el final de la legislatura. Esto nos lleva a algunos a preguntarnos sobre la idoneidad de nuevas movilizaciones frente a la posibilidad de alcanzar el objetivo, mediante una huelga general indefinida, que obligue al poder a dimitir y así abrir un proceso constituyente en el que todos, sin excepción en la izquierda, estamos de acuerdo, porque el tiempo de la pobreza, no ya del poder, juega en contra de los trabajadores y tres años más son muchos para los de más de 50 y para los de menos de 35.

La única certeza es la de que vivimos sobre un polvorín en el que no sabemos, si estallara, qué consecuencias tendría. La sensación de que el tiempo de los engranajes de la sociedad organizada no se compadece con los de las necesidades reales de la población, corre en contra de la izquierda real.

Manuel Bermúdez

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