Carácter religioso popular de los países emergentes latinoamericanos.


Existen multitud de circunstancias que explican cómo las expresiones y conductas de los gobiernos y personas cercanas al poder en América Latina, particularmente en los países emergentes cercanos a la corriente bolivariana, se encuentran imbuidas de un marcado carácter religioso, especialmente cercano al cristianismo.

EllacuriaEn primer lugar el aún débil desarrollo de la educación, que no la cultura, de más de dos tercios de la población, que continúa explicando todo aquello que no entiende suficientemente como gracia o castigo divino. La cultura popular no es ajena a las creencias de las antiguas civilizaciones que, como la católica durante siglos en Europa, enclaustró el saber en las élites religiosas y entregó al pueblo poco más que supersticiones elementales, manteniéndolo controlado por el miedo o los regalos. La “cruzada” católica impuesta en la colonización del continente por parte de españoles y portugueses, desde similares posiciones a aquella que anteriormente he expuesto propia de las creencias autóctonas, consolidó más o menos sincréticamente el estilo de vida de la mayoría de la población.

Sin embargo, muy desde el principio de la colonización, desde dentro de las filas de religiosos que acudieron a Latinoamérica, se distinguieron voces autorizadas en defensa de la cultura y los derechos humanos de los indígenas, que pasaron más o menos desapercibidas en Roma, España o Portugal, pero no entre los individuos que sufrieron los desmanes de las potencias colonizadoras. El humanismo procedente del comportamiento y las palabras de algunos sacerdotes europeos y posteriormente de aquellos americanos que ingresaron en la jerarquía, comenzó a marcar, también, su huella en la población oprimida.

La teología de la liberación, es la culminación de todos los procesos que buscaron la defensa de los derechos humanos, especialmente de los más oprimidos, indígenas, pobres, mestizos, gente desposeída de tierra y de medios de subsistencia, quienes han vivido la cercanía de la esclavitud, la exclusión terca y absoluta de cualquier posibilidad de supervivencia digna, incluidas educación y sanidad, bajo el férreo control de las oligarquías que controlan la totalidad de las riquezas y los medios de producción de estos países desde hace más de medio milenio. La única debido a que ha sido la iglesia, en sus múltiples facetas, la entidad menos sospechosa durante cientos de años de revertir la conciencia ciudadana y el orgullo indígena.

La particularidad de esta teología reside en que su formulación teórica no es sino el reflejo de una acción constante de personas comprometidas con los más débiles. De manera particular, como en ninguna otra parte de la tierra, estas personas formadas en círculos que podríamos llamar burgueses, con todos los medios que las sociedades desarrolladas pusieron a su disposición, desarrollaron una actividad decididamente antisistema, no desde un punto de vista asistencialista, sino de manera vital, incorporando sus vidas y destinos a los de aquellos que sufrían los envites terribles de las clases adineradas y dirigentes, incluida la propia jerarquía católica, quien ante la acción concreta de los futuros teólogos de la liberación, se diluyó entre el poder establecido como uno más de los poderes fácticos, perdiendo toda credibilidad religiosa y fundiéndose ante la consciencia popular con lo político y financiero.

No debemos pensar que fueron los textos de Gustavo Gutierrez, las homilías de Oscar Romero, las enseñanzas universitarias de Ignacio Ellacuría quienes pusieron en guardia tanto a la Iglesia Romana como a las cúpulas de poder latinoamericanas. Esos textos no son otra cosa que la sistematización y explicación teológica de una experiencia vital de convivencia, construcción y destrucción hasta la muerte, codo con codo, hombres y mujeres, religiosos y seglares relacionados íntimamente en la cotidianeidad. Los textos “liberadores” fueron en cierto modo la culminación y distribución de una experiencia vital documentada que universalizaron un modo de enfrentamiento que hacía peligrar seriamente la hegemonía del pensamiento capitalista-colonial, asumido por las élites latinoamericanas.

A pesar de las persecuciones estatales que ligaban todas estas actividades a movimientos marxistas, cuestión no exenta de cierta razón, sumadas a la presión del Vaticano, muy especialmente a la Prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por Joseph Ratzinger, la extensa e intensa vivencia de una alternativa humanista dio sus frutos en amplios sectores populares, porque significó uno de los pocos referentes de liberación posible durante decenios, especialmente aquellos en que con más dureza se emplearon policial y militarmente los gobiernos del Cono Sur durante las dictaduras que asolaron sus países.

Esta experiencia vital sin parangón en ninguna otra parte de países no se ha terminado de diluir en América Latina, sino que se ha asentado popularmente gracias a sus consecuencias positivas, mediante la toma de conciencia de grandes sectores de la población que aún en su simplicidad han captado la profundidad de planteamientos, haciendo suya la reivindicación valiente y, a veces agresiva, de sus derechos culturales y materiales. La persecución hasta el martirio de hombres de religión y seglares indígenas no ha hecho más que acrecentar la seguridad que les ofrece un sistema de vida que aúna en la sencillez y la pobreza, la solidaridad y la defensa de valores ya irrenunciables.

Estas son características esenciales que explican en gran medida expresiones de personajes como Chávez, y otros dirigentes en países emergentes del Alba y cercanos, que no debiéramos interpretar a la ligera desde la visión lejana que tenemos en Europa y que nos parece contradictoria con el socialismo pujante que se está abriendo paso lentamente.

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