La corrupción y los síntomas nos hacen ver la aúténtica enfermedad: el capitalismo.


verdadoculta

Keynes, Marx

Los intereses partidarios. Los “buenos” trabajos de las firmas de abogados prestigiosas. Las dilaciones de la justicia: sustituciones, bajas laborales, cambios de jueces en los juzgados, etc. La “ingeniería” legal. La caducidad de los delitos. La intromisión en la justicia de las “medidas de gracia” de los gobiernos, los indultos. La lentitud de la justicia y su garantismo que permiten dilatar mediante el favor concedido a los imputados de mentir en defensa propia… Todo hace que los casos de corrupción judicializados se eternicen, así pasan los años hasta que llegan los juicios. Entre tanto la opinión pública y su sentido común, basado en anteriores casos, duda de la eficacia de la justicia, de la devolución de lo robado y de que las penas se cumplan.

Siendo todo esto cierto conviene pensar que hay mecanismos que sí funcionan. Gente como aquel concejal, José Luis Pena, de Majadahonda, que destapó la Gürtel, no se arredró ante el silencio infame de los jerarcas de su ex partido, el PP, incluido el propio Rajoy, hoy presidente del gobierno de España.  Funcionan algunos jueces y sobre todo funcionan mejor bajo la presión de la competencia, como ocurre entre Ruz y Bermúdez. Funcionan algunos partidos como IU y sectores sociales que denuncian efectivamente ante los juzgados casos como el de Bárcenas, que obligan a la judicatura a enfrentar las investigaciones, cuando de oficio los fiscales generales nombrados por el gobierno de turno no lo hacen. Algunas cosas siguen funcionando. Parece mentira que sea así en un sistema que tiene su paralelo en la vieja historia del Titanic, el súper buque inhundible con graves fallos estructurales, mal dirigido por su capitán, en medio de una situación hostil, se quebró y naufragó llevándose consigo miles de vidas y dejando otras miles señaladas íntimamente hasta el fin de sus días.

Pero todo esto tiene su cara positiva. La corrupción por mucho que nos duela e indigne sólo es un síntoma más. Los medios de comunicación, generalmente ya desde hace tiempo, auténticas voces de sus amos, sin un gramo de periodismo en su tinta y en su sangre, nos bombardean con lo último, sea Bárcenas, sea la Selección Española de futbol; sabiendo que no siempre lo último es necesariamente noticia. Confundiendo con premeditación a los lectores, el pueblo. Entregando la carnaza para ocultar el auténtico mal que nos aqueja. Está bien que la justicia se haga cargo de los delitos, es su trabajo y por mucho que lo deseemos supone el mal menor, puesto que las comisiones de investigación parlamentarias han sido corrompidas, también, por el inmenso poder de los grandes partidos y la inefable ayuda de sus acólitos periodistas.

Lo importante es que nos centremos en lo que ocurre. Lo que ocurre es que el capitalismo no tiene contrincante, ni necesita disfrazarse de afable estado del bienestar. Viene a llevarse todo de tal modo que incurre en graves desastres internos como el reciente de Chipre, que aclara sus propias contradicciones. El capitalismo es la acumulación de beneficios por encima de cualquier otra consideración: salarios, trabajadores, empresas, regiones, países. Si fuera posible que cada sector productivo quedara en manos de un solo dueño, mejor.  Si fuera posible que todos los sectores productivos pudieran quedar en manos de un solo dueño, aún mejor. Si en vez de salarios, pudieran pagar con una comida al día mejor. Si pudieran no pagar absolutamente nada, aún mejor. Si no hubiera gobiernos y sólo quedara ese señor dueño de todo… Este es el capitalismo.

Necesitamos tiempo personal para reciclar nuestra forma de pensar y actuar. Porque debemos enfrentar la verdad y sopesar si nos identificamos con ella, si queremos y podemos ser ese capitalista o no. Necesitamos tiempo para asumir que hemos vivido en la mentira y el consumismo. Deshumanizados y esclavos de patrones, sistemas, excesos, deudas inducidas. Necesitamos tiempo para darnos cuenta de que nos han convertido en aquello que no hace mucho, algunos miraban por encima de su hombro, eso no me ocurrirá a mi, pero no dependía sólo de nosotros que nos ocurriera. Ahora comprendemos y podemos sentir compasión y rabia. Transformemos esos sentimientos en rebelión verdadera e inclusiva, para que todos podamos salir adelante, todos los de abajo.

Tranquilos: las mayorías absolutas que con aquella mentalidad votaron nos obligarán a tomarnos ese tiempo, hasta que digamos ¡basta!, ojalá ese basta sea tan definitivo para los poderosos como para nosotros mismos. Porque si el problema nos lo imponen ellos, somos nosotros quienes mantenemos el engaño que lo permite.

Algunos miles pensarán que vale la pena, mientras otros millones si de verdad lo pensaran abandonarían la mentalidad del consumismo y la competitividad por otras como el cooperativismo y la solidaridad. Eso también tiene un viejo nombre: socialismo popular. No nos quepa la menor duda. Desde que Marx desnudó la simpleza del capital, el capital odia profundamente todo aquello que lo hace trasparente. La cultura, la conciencia personal, la conciencia de clase, la ética, el compromiso, la militancia. Se sirve de la humanidad, pero la detesta, la odia y la teme profundamente.

Manuel Bermúdez.

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