La carga de la prueba de la desigualdad está en el hombre. Sí, aún hay que explicarlo.


mesaredondaHe asistido durante la mañana de hoy a la IV Jornada provincial de la Mujer, organizada por IU de Jaén.

Tal vez, a mi modo de entender, lo más interesante, sin menospreciar las diversas ponencias realizadas, se trate de la Mesa Redonda en la que intervinieron Marisol Gutiérrez, responsable de la Oficina de Vicepresidencia de la Junta de Andalucía en Jaén, como mujer ligada a la actividad política. Claudia Olivares Calderón, coordinadora de la PAH de Torredelcampo, PAH veterana y fundadora de las que están naciendo en Jaén, Claudia vino en representación de las mujeres comprometidas con la lucha social civil y organizada. Sacramento Marcos, presidenta de la asociación de vecinos de El Monte, pedanía de Martos., en calidad de representante del asociacionismo femenino rural. Josefa Palomares, vicepresidenta de la asociación de mujeres “Ser Mujer” de Rus, en calidad de representante del asociacionismo feminista. María Dolores Prieto, concejala de Mures, pedanía de Alcalá la Real, representando a las mujeres que realizan labor política local rural. Finalmente, Genara Pulido, profesora de Humanidades de la Universidad de Jaén, en calidad de representante de las mujeres en el mundo academicista.

Debo decir, tal vez porque durante muchos años he vivido en una gran ciudad, que había olvidado, casi, la particular dureza de la vida de la mujer rural. Si doble es la carga de la profesional que además afronta las tareas del hogar, con la ocupación, la planificación, la antelación de circunstancias y la ingratitud de las mismas, cuando se oye el discurso de las mismas o en semejantes circunstancias, mujeres jornaleras y obreras, trabajadoras en fin, del pequeño mundo, atomizado, en gran medida abandonado a su suerte, en medio de la soledad de la escasa vecindad, las circunstancias vitales y aquellas particulares referidas al género y su adecuación de roles esquizofrénico, patriarcal, etc. sufren una triple carga: la de ser cuidadora y ama de casa, la de ser trabajadora en un medio especialmente hostil, donde a poco que los recursos fallen está decidido de antemano que sea la mujer quien pierda derecho al trabajo, a favor del hombre y la de ser mujer, en sí mismo es una carga más, tal vez tan avasalladora, insoportable socialmente y ante la que se describe la angustia, impotencia, ansiedad e incertidumbre (sic. Mª Dolores Prieto). Cuando se trata de la vida de mujeres en un entorno de economía agraria y de monocultivo, como es el caso de Mures o Rus, la celada se estrecha. Dice María Dolores, que se distinguen tres grandes grupos de necesidades :

  • La de las mujeres mayores, ligadas a la incertidumbre de hijos y nietos.
  • La de las mujeres de mediana edad que tuvieron la experiencia del trabajo por cuenta ajena y en las circunstancias actuales deben asumir la vuelta al hogar como único planteamiento vital.
  • La de las jóvenes, muy formadas que únicamente pueden poner su esperanza en la búsqueda de un trabajo en el extranjero.

En todos los casos presentados la desigualdad se hace patente primero en las oportunidades de trabajo, cuando no en los sueldos, ambos casos son lacerantes y habituales. Por eso cuando se oye, así lo expresan ellas, la cantinela de que ya las cosas han cambiado, el sentimiento de rabia y dolor se agudiza. No es esa la realidad que ellas viven, ni la de aquellas a las que representan.

La débil comparecencia de mujeres en el ámbito de altos cargos políticos, universitarios (rectoras) y del mundo económico en las cúpulas de dirección, continúa siendo una asignatura pendiente. En el mundo académico particularmente se muestra el ámbito de la investigación y de la dirección de la misma especialmente vetado a la mujer, pero la segregación fomentada en las escuelas, sin embargo, sigue siendo moneda común para la derecha española.

Aquellas que participan particularmente en la lucha reivindicativa civil y organizada, acusan el lastre de “activistas”, unido a todo lo anterior. Para una parte nada despreciable de la población obcecada en el simplismo que la derecha ofrece como causa de la crisis, las convierte en undergrounds, antisistema. La cuestión es machacar y etiquetar consiguiendo la insolidaridad que, especialmente, viven una vez más las mujeres.

La capacidad de encuentro, de auto organización, de defensa de su libertad como colectivo frente a la amenaza continua de la instrumentalización política, especialmente en los pequeños ayuntamientos con políticas sociales vaciadas de contenido, donde a alcaldes y concejales les viene de perlas contar con “una parte del trabajo hecho” para mostrar, como si de un trofeo se tratara, sus logros particulares al frente de las corporaciones, son un hecho innegable. Así como el sentimiento de soledad, de no saber hacerlo mejor. La constancia que tienen, a priori, del futuro abandono de una parte de sus compañeras, por menos capacidad de aguante. Un mundo de soledades, de injusta desigualdad se abre ante los ojos de hombres y mujeres del siglo XXI, en la Europa recién salida del Estado del Bienestar. Cada día más parecida a aquel otro tercer mundo, cuarto cuando se trata de lo rural, de la historia reciente de América Latina.

Ante toda esta realidad de sufrimiento, desigualdad, trabajo constante y autocriticado no tengo otra reflexión que hacerme: ¿Ha de ponerse el peso de la prueba en la capacidad o incapacidad de la mujer luchadora feminista, asociacionista, profesional, sobre lo que atañe a su acceso a una ciudadanía de primera? En este loco mundo que vivimos incluso ellas casi lo estiman así, dentro de las corrientes que las arrastranen la cotidianeidad, en la soledad de pueblos pequeños y extremadamente dependientes, en la soledad de los despachos políticos y académicos. La pregunta, sin duda, es ¿qué hacemos los hombres concienciados en la igualdad por extenderla sin ambages mediante nuestros actos y palabras hasta aquellos otros, que como nosotros fuimos un tiempo, se asemejan a neardentales sin dignidad?

La lucha de la mujer por la igualdad se declara activa en un mundo de hombres no dispuestos a cederla. Es nuestro mundo, el que nosotros continuamos cultivando el que favorece esta pobreza extrema de almas y cuerpos injustamente tratados en razón de su sexo. La culpa por omisión es la peor de todas, es la de aquellos de nosotros, que conociendo la realidad, prevaricamos con nuestros actos y palabras, permitiéndonos el lugar común, el chiste fácil adornado de habitualidad y con perfil bajo.

La medida de la capacidad de nuestras compañeras, amigas, camaradas está demostrada hasta la extenuación. Es, ya hace demasiado tiempo, hora de que tomemos en serio que el problema somos nosotros y sólo una pequeña parte, pero imprescindible, que su cansancio e impotencia nos han dejado, la solución.

Manuel Bermúdez.

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