El campo andaluz


reformaagrariaSerá porque nací en un pueblo rodeado de olivos, porque llevo más de treinta años familiarizada con las huertas de Sierra Mágina, por la fascinación ancestral que ejerce la tierra como madre naturaleza o porque nací a la conciencia oyendo la queja de hombres y mujeres que demandaban al campo la vida que muchas veces les negaba. Será por todo eso, y por más cosas, por lo que me duele el campo andaluz. En mi pueblo había propietarios de grandes extensiones de tierra pero a quienes veíamos pasar por la calle, a la caída de la tarde, era a los pequeños agricultores que volvían de su labor serios y callados al lado del mulo; a los jornaleros que se empleaban en la aceituna o en la siega; a las mujeres que se protegían la cabeza con un pañuelo cuando iban a la vega del Guadalquivir a coger algodón… La mayoría eran campesinos sin tierra; habían empezado desde niños a trabajar la tierra de otros y habían puesto al servicio de esa tierra una sabiduría transmitida de padres a hijos; eran gente del campo pero muchos tuvieron que desertar de la era, como en la canción de Víctor Manuel, coger la maleta y subir a un tren que los llevaba a Madrid, a Cataluña o a Aragón y pagar el peaje del desarraigo con la esperanza de encontrar una vida mejor para sus hijos. Ellos se fueron y la vida continuaba en el pueblo, pero el campo seguía expulsando gente y el paro era una amenaza que se paliaba con la emigración de temporada y la campaña de aceituna.

Por eso, cuando empezamos a hablar de la identidad andaluza a mediados de los setenta, imaginamos el papel decisivo que debía desempeñar el campo andaluz y elaboramos una propuesta de Reforma Agraria Integral que fue defendida en las instituciones y en la calle e incorporada al Estatuto de Autonomía para Andalucía. Han pasado casi cuarenta años desde entonces y el campo andaluz ha cambiado, efectivamente, pero no para adquirir un papel determinante en el desarrollo de nuestra tierra, sino para plegarse al diseño de la política comunitaria que ve en Andalucía sol para las playas y no para madurar cosechas. Los sucesivos gobiernos de la Junta han olvidado la Reforma Agraria que estaba en el fondo de las canciones de Carlos Cano, a los aceituneros altivos de Miguel Hernández que cantamos con Paco Ibáñez y a los segadores de Jarcha y han renunciado, de hecho, a reivindicar lo que debería ser uno de los pilares fundamentales de la economía andaluza, el sector agroalimentario. La realidad es que hoy la propiedad de la tierra está, proporcionalmente, en menos manos que en los años treinta; que los pequeños agricultores se sienten abandonados a merced del mercado y que muchas personas del medio rural tendrán dificultades para cobrar el subsidio agrario si no se consigue el “PER especial” que niega el Gobierno del Partido Popular.

Compartí estas reflexiones con algunos compañeros en la manifestación del veintiocho de febrero, en Jaén, y hablamos del cuatro de diciembre de mil novecientos setenta y siete, del referéndum de hace treinta y tres años, de la campaña del Partido Comunista de Andalucía con Rafael Alberti… Recordamos a muchos militantes del PCE y a muchos sindicalistas de Comisiones Obreras, trabajadores sin tierra que recorrían los tajos y los pueblos organizando la alternativa política y social en el medio rural, que pasaba por la transformación del campo. El campo, que está presente en el verde de nuestra bandera y que sigue siendo una asignatura pendiente en Andalucía, porque las personas que viven en el medio rural no sólo están soportando los recortes del Gobierno sino las consecuencias de un mal año agrícola. Conquistar la autonomía para Andalucía era conquistar la esperanza de acabar con la emigración y el paro, devolver a nuestra tierra las señas de identidad que le habían robado para convertirla en una tierra de palmeros y era también el proyecto de una Reforma Agraria que saldara una injusticia de siglos. Por eso es urgente la constitución de un Banco Público de Tierras y de otras iniciativas que sirvan para desarrollar el campo andaluz, para mejorar nuestra tierra, tan rica la pobre…

ANA MORENO SORIANO

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