Un sólido, fraterno e inexpugnable frente común. El poder reside en el pueblo.


pueblo

 Si alguna vez ya no tenemos nada, que al menos nos quede una nana de la cebolla que llevarnos a los labios.

A veces pienso que no debemos ser entes siderales. Que los españoles somos lo que somos, como los franceses son franceses o los ingleses ingleses. Y así cada cual de su padre y su madre. Tal vez lo que a cada cual nos ocurre no es otra cosa que el extremo conocimiento de lo nuestro y el desconocimiento de lo ajeno. Y Por eso, que no otra cosa, caemos en lugares comunes y clichés que en nada nos ayudan y en mucho nos confunden.

Acaba el debate del estado de la nación, como si nada hubiera ocurrido durante todos estos años, durante lo que llevamos de mandato de la derecha, durante el debate mismo, sus réplicas y contra réplicas. Durante el abochornante, indecoroso, vergonzoso y espeluznante rezume de corrupción que parece no tener ni principio ni fin, que afecta desde la casa real hasta el mediano negocio de restauración de D. Arturo, pasando por lo que todos y todas sabemos de la inmensa mayor parte de las empresas españolas y muy probablemente europeas, de sobres que van y vienen, de complementos o sobresueldos en B, que o los tomas o los dejas. La historia sin fin de un país que después de cuarenta años de pobreza, ruina, soledad y mediocridad se vino arriba y se convirtió en el paraíso de nuevos ricos a los que nos habían regalado el oído, situándonos en lo más alto del pastel: que si el flamenco y la moda española, que si el cine y la movida de Madrid, que si un idioma que está copando los primeros lugares entre los del mundo mundial… Nos lo creímos.

Y ahora esto: acaba el debate del estado de la nación, con seis millones de parados en las calles, lo público hecho unos zorros, gente que jamás pensó que le sucediera, escondiéndose en las filas de cáritas para recoger ropa, calzado, comida… cuando no suicidándose intelectual o realmente, por no poder asumir que su vida ha llegado a una situación irreconocible… y todo lo que se le ocurre preguntar a los periodistas (todavía los llamamos así) es: ¿quién ha ganado el debate?

Con la que está cayendo, sabiendo como sabemos que nos han robado a manos llenas. Que lo siguen haciendo y sólo dejarán de hacerlo cuando ya estén hasta las cejas de dinero. Entonces, sólo entonces, cuando ya tengan tanto que les cueste más tenerlo que prestarlo, fluirá y todo volverá a comenzar.

¿Quién ha ganado el debate? Ni puta idea. Yo sé quiénes lo hemos perdido: nosotros. Los de siempre, los que hemos nacido perdiendo para que otros ganen.

No parece que el horno esté para bollos. Que nos vayamos a decidir a comprar armas en los supermercados norteamericanos y nos dediquemos a asaltar palacios, bancos, bolsa, congreso ni senado. No parece que dejar que todo siga en manos de los mismos que están decidiendo si son ellos o los otros los que han ganado o perdido, vaya a cambiar nada. Porque para cambiar mínimamente algo habría que cambiar la correlación de fuerzas y hacer que no tengan mayoría para detener ni un cambio de ley electoral, ni un proceso constituyente, ni una nueva ley hipotecaria, ni cualquier otro instrumento que haga que el poder vuelva al lugar del que jamás debió desaparecer: al pueblo español.

Y entre tanto yo me pregunto, no sin inquietarme: ¿de verdad en España hay diez millones de almas que piense seriamente que la derecha de Rajoy va a sacarnos y llevarnos a algún lugar feliz? Pero aún más: ¿de verdad de los otros diez millones que suelen votar al PSOE no habrá al menos ocho que estén en desacuerdo con su política de ley bipartidista? ¿De verdad toda esta gente piensa que es bueno para los españoles que se paguen deudas falsas a banqueros y usureros de este o de cualquier otro país, antes de evitar que pasemos hambre nosotros y nuestros hijos?

A veces, pocas, pero algunas veces me digo para mis adentros: ¿nunca seremos capaces de olvidarnos de las putas siglas que nos aborregan en rediles irreconciliables, donde balamos cada cual a su amo, al que entregamos toda nuestra leche y nuestra lana? ¿Tan importante es para nosotros el secretario general o el presidente de nuestro partido como para que le hagamos la ola aunque nos estemos comiendo nuestros mocos?

Si los que hemos perdido todos los debates del estado de la nación desde que existen, seguimos apuntándonos al carro de los que contestan ganó el nuestro, todo lo que nos venga será más de lo mismo, porque no merecemos nada. Somos hooligans, borregos, consumidores de hamburguesas y siglas políticas electoralistas.

El día que todos juntos digamos hasta aquí hemos llegado: no queremos amos ni reyes, ni mentirosos ni corruptos. Somos la izquierda de este país y estamos hartos de ser el estiércol de Botín, Borbón, Rouco y Andorra. Seamos de IU, del PSOE, de Equo o de Izquierda Anticapitalista. Cuando seamos una masa organizada y temible, valerosa aunque asustada, decidida a dejar de ser un mero muñeco de trapo al que otros manejan desde sus entrañas, temblará no solo el suelo del Valle de los Caídos, sino el de la Bolsa, el de Zarzuela y el mismísimo Reichstag. A la hora de la verdad ningún Rajoy, ningún Sagasta, ni ningún Fernando VII nos tiene que decir que vamos a salir de esta. Seremos nosotros a su pesar los que lo hagamos. Mas nos vale, porque sino Cien años de soledad sólo será el amargo prefacio de un ladrillo torpe y de pésima calidad que ninguna escuela podrá mostrar como historia de España.

No debemos a ninguna cúpula nada, todo lo que debemos nos lo debemos a nosotros, nuestros hijos y nuestras familias. Sólo esquiroles de mierda, embaucadores y encantadores de consejos de administración o de partidos corruptos que ya han demostrado bien a las claras qué son capaces de hacer, son nuestro enemigo común. No salir a las calles, a las mareas, no insultar a quienes nos machacan, no echar coraje, no diferenciar el grano de la paja, pensar que todos son iguales, que los que aún no han podido demostrar nada son tan canallas como los que ya lo hicieron, votar en blanco, ser apartidistas, apolíticos, es darles aire.

No mancharnos en la inmundicia de los cubos de basura, donde tanta gente busca su sustento. Ir tras enseñas mentirosas, siglas traicionadas. No defendernos de ellos, de quienes nos roban, nos empujan al suicidio, a la resignación de este valle de lágrimas a la espera de que una Merkel levante el pie del acelerador o contestar quién de los dos ganó el debate nos convierte en enemigos de nosotros mismos, en extraños que juntos pasan miedo, angustia. En compañeros que van perdiéndolo todo aquello que tanto, tantísimo tardamos en conseguir con esfuerzo y vergüenza.

Todos unidos, todos los hombres y mujeres de izquierda de este país tenemos que ganar las próximas elecciones anticipadas o no. O ellos o nosotros. De pie o de rodillas. Este debate debe ser el último que perdamos.

Manuel Bermúdez

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