¿Se está italianizando España?


maquiaveloCuesta creerlo, pero es así. He podido visitar el país cuna de una de las más fascinantes culturas que han dejado huella imborrable en nuestras alforjas históricas. Allí, donde el arte sobre todas las cosas está presente continuamente, ya sea en los museos, en las iglesias, en los jardines y campos y nos recuerda, constantemente, que el hombre es el centro de todas las cosas. Allí mismo donde la cuna de la civilización se meció a placer, donde el derecho, la república, el senado y la división política y social se enmarcó de forma tal que, al paso de las centurias, dio en trocarse en el sistema capitalista durante los siglos XV y XVI, de forma embrionaria, están las claves del pasado y el futuro.

Allí un hombre llamado Nicolás Maquiavelo puso en orden sus ideas y llamó a las acciones del poder acciones de poder, sin tramoya ni adjetivos, haciendo que a la realidad se la adjetivara como maquiavélica, como si la realidad y la ideología fueran una misma cosa. En palabras del florentino: Puede entonces (el príncipe) mostrarse ampliamente generoso, puesto que da lo que no es suyo, ni de sus soldados, y ese dispendio que en semejante ocasión hace con los bienes ajenos, lejos de dañar a su reputación, le agrega una más resaltante. Lo único que puede perjudicarle es gastar sus propios bienes, porque nada hay que agote tanto como la liberalidad desmedida. Mientras la ejerce, pierde poco a poco la facultad misma de ejercerla, se torna pobre y despreciable, y, cuando quiere evitar su ruina total por la tacañería, se hace rapaz y odioso. […] Pero es menester saber encubrir ese poder artificioso y ser hábil en disimular y en fingir. Los hombres son tan simples, y se sujetan a la necesidad en tanto grado, que el que engaña con arte, halla siempre gente que se deje engañar […] Un príncipe, y especialmente uno nuevo, que quiera mantenerse en su trono, ha de comprender que no le es posible observar con perfecta integridad lo que hace mirar a los hombres como virtuosos, puesto que con frecuencia, para mantener el orden en su Estado, se ve forzado a obrar contra su palabra, contra las virtudes humanitarias y hasta contra su religión. […] Cada cual ve lo que el príncipe parece ser, pero pocos comprenden lo que es realmente[i]

El paso del tiempo y el desarrollo del conocimiento, el nacimiento de nuevas ideologías políticas y del sentido de la ciudadanía chocan contra esa descripción del poder que Maquiavelo desvelaba sin artificios. Ahora el sentimiento de súbditos o plebeyos, de siervos en fin, se ha tornado en el de consumidores en la mayor parte y ciudadanos en menor grado y el engaño resulta, cada día, más difícil, pero puede continuar campando.

Sin embargo esto no es óbice para que el letargo de la masa ciudadana siga siendo complejo de superar. Entonces se produce la disociación y el desafecto: yo no entiendo de política ni quiero entender, son todos unos corruptos y lo que tienen que hacer es dar trabajo y dejarse de politiqueo. Lo siguiente es o entregarse en brazos de algún salvapatrias u olvidarse de cualquier cosa que nos distraiga de la búsqueda de nuestro pan de cada día. Así vive Italia desde el término de la II gran guerra mundial, cientos de gobiernos concentrados en pocos años. Ciudadanía por un lado, poder político por el otro. Leyes de una parte, normas para andar por casa, por la otra y siempre a pico de caer en manos de un Mussolini o un Berlusconi, tanto monta.

La sociedad por un lado, la política por otro. Esta es la italianización de España. Dos realidades contrapuestas, dos versiones de la vida que parecen extraídas de distintos cuentos, pero que desgraciada y finalmente convergen en un único interés: el de aquellos que lo acumulan todo en sus manos, mientras unos se afanan en encontrar el sentido (y el pan) y otros en mantener sus privilegios.

Es como cuando en una pesadilla huimos de los monstruos. Eso no hace que desaparezcan. Perder tiempo en resolver lo público no mejora el hambre presente, pero soluciona la futura y sobre todo da sentido y dignifica nuestras pobres vidas y las de nuestros hijos y nietos.

Manuel Bermúdez.


[i] El príncipe. Nicolás Maquiavelo. Caps. XVI y XVIII

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