Encerrados en el laberinto de la monarquía parlamentaria. O la revolución o la resignación.


clavelesEsta mañana escucho la Voz de Iñaki en El País. Se pregunta el veterano periodista quién le puede poner el cascabel al gato, porque motivos para hacerlo haylos. La podredumbre del sistema democrático diseñado desde la dictadura no da para más. Hasta Iñaki considera que es el momento de resetear el sistema, de convocar una nueva transición. Pero ¿quién la convoca?

Si viviéramos en una República, como tantos aspiramos a que nuestro “sistema operativo” sea, el presidente, en contra de lo que al monarca en el sistema actual le está permitido, podría crear una crisis de gobierno y convocar nuevas elecciones o un cambio en la presidencia. Pero, ¡Ay dolor!, no vivimos en una república y en la monarquía parlamentaria el rey es un cero a la izquierda (o a la derecha, ¡quién sabe!) que sigue los dictados del gobierno, para eso es inmune e impune. Sin embargo al serlo el rey también lo somos los súbditos, porque estamos al pairo de lo que los partidos pueden hacer en segundo lugar y en primero estamos constreñidos por una ley electoral, que más allá de consagrar la inmoralidad del bipartidismo, sentencia un sistema de mayorías absolutas sólo respaldadas por menos del 50% del voto ciudadano.

¿Cuál es entonces la única salida a la que una situación así nos obliga? La rebelión, la revolución popular. No hay más, por mucho que le demos vueltas. O la revolución o la resignación hasta que acaben los cuatro años de legislatura que el pueblo ha entregado a las manos corruptas de un gobierno, que nos ha engañado, incluido sus electores, en todas y cada una de sus acciones.

La última posibilidad de, al menos, enfrentar al gobierno con preguntas de los representantes del pueblo también se ve fracasada por el sistema que prevé la posibilidad de vetar la presencia del presidente o de cualquiera de sus ministros en el Parlamento. El gobierno puede enrocarse en su silencio, basa su continuidad en el resultado estático que las urnas refrendaron hace un año, pero la realidad no es estática y todo se derrumba a nuestro alrededor.

Lo que votamos hace un año es imposible que hoy se repitiera, todos lo sabemos, ellos los primeros. Los partidos políticos pueden ser acusados de interés propio en contra del interés general si dan un paso adelante, pero aunque así fuera y se atrevieran, no podrían conseguir nada dada la composición de mayoría absoluta en la cámara. El rey no puede intervenir. Los cuerpos de seguridad del estado, así como el ejército, ejercen su función represora y en un momento absolutamente extraordinario, donde debiera primar la defensa de la nación, esto es, de la población que es la auténtica soberana de los poderes del estado, no dan un paso adelante. Menos mal por otra parte, que la experiencia de salvapatrias y lo poco que hemos conseguido en estos años de pseudodemocracia ha calado en la mentalidad cuartelera, dejando en manos del poder civil el orden policial y militar.

La revolución es el único medio: la desobediencia ante la ley injusta, y todas estas ya vemos que lo son, en tanto que ante una situación objetivamente opaca, sin salida, no encuentra cauce legal para solventarse. Obliga a que sigamos el dictado de nuestra conciencia recta. La ley, la legalidad y la justicia son cosas distintas. Estamos presos de nuestras leyes, pero somos libres ante la injusticia que comportan. Ahí sí, la conciencia en tanto que ciudadanos de la policía y el ejército, como sucedió por ejemplo en Portugal con la revolución de los claveles, o más recientemente ante el golpe de estado que occidente y las fuerzas civiles y paramilitares de la derecha en Venezuela, obligaron al pueblo de la mano de su policía y ejércitos a reponer el orden social y político suficientes, como para encarar el futuro. Así ante un estallido social como única salida bien podrían las fuerzas de seguridad liberarse de la obediencia debida hacia otra cosa que no sea un paño o un escudo que sólo simbolizan lo verdaderamente importante y vital: el pueblo español.

Nunca como ahora, aunque podamos alegar muchos que aún no está suficientemente madura nuestra mentalidad ciudadana, podríamos conseguir con suficiente éxito nuestros anhelos de libertad, justicia y democracia real y participativa. Pero todo lo tenemos en contra.

Los intereses del capital financiero, los intereses de los actores internacionales financieros y políticos ligados al neoliberalismo feroz nos miran con miedo, pero al mismo tiempo con la suficiencia de quien está seguro de que el pueblo español, como ya ha ocurrido con el griego, el portugués, el italiano o el irlandés, no tendrá los arrestos para dar este paso definitivo.

¿Será así?

Manuel Bermúdez

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