36 años para la memoria de los trabajadores y la indignación de los desposeídos.


36 aniversario AtochaMañana se cumplirán 36 años, cómo pasa el tiempo, de los asesinatos perpetrados por la extrema derecha en nuestra recién estrenada democracia. Pleno corazón de Madrid, calle Atocha, 55. Ya avisaban, como la espada de fuego del  ángel desahuciador desde la génesis de nuestro tiempo, de que no estaban dispuestos a que los trabajadores y los pobres de nuestro país no debían mantenerse tranquilos, ni hacerse excesivas ilusiones con el nuevo régimen emanado de la dictadura, el fascismo, las desapariciones, los juicios sumarísimos y el saqueo de las riquezas.

Javier Sauquillo, Luis Javier Benavides, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado y el sindicalista Ángel Rodríguez Leal murieron. Resultaron gravemente heridos Alejandro Ruiz Huertas, Mª Dolores González, Luís Ramos y Miguel Sarabia también caían abatidos en sus despachos por representarnos,  por representar a unas clases sociales que ilusionadas con su futuro, no exento de nuevas luchas y trabajos, era el nuestro.

Por eso y no por otra cosa murieron. Fue una especie de aviso mafioso. Nos hicieron una oferta que no podíamos rechazar. Esas balas apuntaban a nuestras posibilidades, representaban una especie de tasa judicial insalvable, algo más cara que esta que pagamos desde hace días. Unas y otras tratan de segar de raíz todo aquello que de ciudadanos conservamos desde el día que vimos la luz.

Ahora vivimos parte de aquel futuro que entreveían nuestros muertos de Atocha, camaradas de CCOO y del PCE, hombres y mujeres de izquierda, representantes de gran parte del sentir político y social de España.

¿A qué dudar? Esas mismas bandas que asolaban las calles de ciudades y pueblos con sus palos, pistolas, cadenas e insignias de Fuerza Nueva, integradas desde hace años en Alianza Popular y posteriormente en el PP, lo han hecho más grande y arrogante. Son los mismos que acuden cada 20 de noviembre a su cita patológica al megalómano templo de la iniquidad que iguala a vencedores y vencidos, como si de iguales realmente se tratase.

Efectivamente no caben dudas. Su comportamiento opaco sigue siendo el que siempre fue, sus trapicheos los mismos, sus mentiras tandelibeshernandez grandes como sus símbolos, su traición a los españoles la misma también, porque de lo que siempre se ha tratado es de mantener por encima de la ley, de cualquier ley, el estatus de sus privilegios. Y cuando se actúa por encima de la ley siempre son los mismos quienes apechugan con ella, los que la cumplen y la sufren. Unos continuamos siendo aquella familia extraditada al norte de la gran finca y otros viven en la gran casona que Delibes, el mismo que dibujó el último rostro del poeta alicantino en la cárcel que le daría la muerte, nos descubrió para nuestro mayor asombro.

Aquellas balas se convirtieron en los decretos y leyes rodillo que hoy nos empobrecen y humillan. Se convirtieron en ayudas para la banca especulativa que robó nuestro porvenir y el de futuras generaciones. Son, como siempre han sido, la azada que ha convertido el país en una ladera donde todos los pobres hemos trabajado ingentemente para convertirla en terrazas: las más soleadas arriba, mirando al Sur grande desde sus alturas, ocupadas por ellos y los suyos. La nuestra, abajo en la umbría que linda con los rápidos que se dibujan en las hoces de esta garganta excavada siglo a siglo por ríos de pobreza, insalubridad, desasosiego e indignación.

No debemos olvidar que las crecidas de estos ríos turbulentos siempre nos afectarán a nosotros. Que no será el azar, ni el cambio climático quien subvierta nuestras posibilidades. No será la fuerza de la naturaleza la que los obligue a abandonar precipitadamente las alturas. Serán los espíritus de nuestros abogados, que no han dejado jamás de representarnos ante el tribunal de la historia, y nuestras manos e inteligencia quienes los expulsarán de los bancales de su zona de confort.

Manuel Bermúdez.

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