Loa al estudio de Bertolt Brecht


bertoltbrechtHay un poema de Bertolt Brech que, para mi fortuna, conocí mucho antes de leer al gran poeta alemán. Se trata del poema titulado Loa al estudio y dice lo que yo oía en casa cuando era una niña, lo que decían en voz baja los que habían perdido la guerra y mantenían el ideal republicano de cultura para todos, lo que decía mi padre cuando empecé Bachillerato: Estudia, no te canses, tú tienes que saberlo todo, tienes que conocer la realidad, defender tus derechos, no temas preguntar, no te dejes convencer, repasa la cuenta, comprueba lo que hay… Quizás sin ese afán que pusieron en mí, no habría considerado el hecho de estudiar como un camino abierto que nunca se acaba, como un aprendizaje que dura toda la vida, como una sucesión o simultaneidad de ventanas que se abren al mundo y que no se pueden abarcar, por lo que hay que buscar el consuelo ante la inmensidad del conocimiento en la aceptación de las propias limitaciones.

Claro que estudiar una carrera abría un mejor futuro profesional a aquellos chicos y chicas que estudiábamos con beca desde primero de bachiller; claro que nuestros padres pensaban que podríamos tener una vida más confortable que ellos, un empleo más seguro, unas vacaciones pagadas, lo que muchos no habían tenido nunca aunque llevaban años trabajando… Pero con ser éstos objetivos nobles, no invalidaban el valor del estudio en sí mismo que aportaba calidad a la vida porque como decía José Martí, hay que ser cultos para ser libres. Cuando Bertolt Brech nos apremiaba en su “Loa al estudio” diciendo “Tú estás llamado a ser un dirigente” yo entendía que estaba reivindicando la igualdad, que estaba diciendo que el conocimiento y la cultura son patrimonio de todas las personas, que no podemos ser libres en la ignorancia y que cualquier momento, edad y condición son buenos para aprender, pero me invadía una íntima satisfacción porque yo había sentido antes aquel apremio en mi padre que, aunque  no utilizaba la palabra “dirigente”, quería que yo estudiara para que pudiera defender mis derechos, es decir, para que no me engañaran quienes están siempre dispuestos a organizar vidas y haciendas en nombre de un saber que consideran de su propiedad. Mal habrán llevado algunos que sus hijos compartieran pupitre y orlas universitarias con los hijos de los obreros de la construcción, del campo, de las fábricas, con el hijo de la portera y la hija del repartidor de butano y peor aún, que esos jóvenes no hayan olvidado su procedencia de clase y sigan cultivando su conciencia, que sean buenos profesionales y mantengan un compromiso político y social con los de abajo, porque no han olvidado que tenían que estudiar para ser, más que para tener.

Pienso en todo esto cuando leo que en Andalucía el abandono escolar temprano está seis puntos por encima de la media nacional y es mucho más del doble registrado en la Unión Europea, el treinta y dos y medio por ciento en el año dos mil once con una notable bajada de seis puntos en los últimos tres años. Pero, ¿cómo puede abandonar un chico, una chica, los estudios con dieciséis o diecisiete años con todo el tiempo que tienen por delante? Algunos es posible que lo hagan a su pesar pero, si es así y la curiosidad por saber se les ha quedado dentro, encontrarán otros momentos en su vida para volver a las aulas. Mi pregunta va dirigida a esos chicos y chicas que abandonan el Instituto por un trabajo precario, a los que piensan que los años invertidos en su formación son tiempo perdido, a los padres que no valoran los estudios porque hay trabajos mejor pagados que no requieren títulos universitarios… Yo les invitaría a que abandonen por un momento el pragmatismo y el posibilismo, incluso el fatalismo, y que se acerquen al saber con el respeto casi reverencial con que lo hacían nuestros padres y abuelos; que practiquen la curiosidad y saboreen cada descubrimiento y, en definitiva, que sigan estudiando porque ellos, como dijo Bertolt Brecht, están también llamados a ser dirigentes.

ANA MORENO SORIANO

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