El periodismo por fascículos o el imperialismo por entregas.


Oliver Twist. Huérfanos.

Oliver Twist. Huérfanos.

Ayer vi casi en su totalidad en La Sexta el especial de “Al Rojo Vivo” de Antonio García Ferreras. Debo decir que difícilmente pudo dejar de ser interesante, ya que las noticias que se debatían eran de máxima importancia. Sin embargo las miradas insistentes de uno de los tertulianos llevaron mis pensamientos por derroteros distintos del asunto del que allí se trataba.

Quien lo vio no debió sustraerse del juego narcisista del sujeto, gracias a que hoy en día casi todo está en internet, aquellos o aquellas que no se percataron del asunto podrán hacerlo. Sería hasta gracioso si no ocultara una realidad miserable, no obstante si te pones en clave de guasa es como cuando observas una muletilla repetida hasta la saciedad, ante la que terminas revolcándote por los rincones de risa o, hastiado, acabas en posición fetal, con una vergüenza ajena de ahí no te menees.

Lo cierto es que el sujeto, Eduardo Inra, adjunto de dirección de El Mundo, no perdía comba y como si se tratara de un partido de tenis, su mirada se desplazaba de izquierda a derecha o viceversa, para, siempre, detenerse en la red. Como si la pelota incansable e indefectiblemente durante toda su intervención, aún cuando la ponían en juego otros compañeros, tocara red lentamente una vez y otra y otra. La reden realidad no era otra cosa que un monitor necesario para el trabajo de García Ferreras en el que podía verse en vivo la emisión que a todos nos llegaba a casa. Al mismo tiempo debo aclarar que Inra mostraba una sonrisa casi indecente, propia sólo del Jocker o de una oveja a quien le hubieran amputado el labio superior. O sea, infinita, continua, esculpida y fijada for ever.

Allá teníamos como periodistas a Esteban Urreztieta, también de El Mundo, según ellos “quienes destaparon el asunto de los presuntos sobresueldos”y a Francisco Marhuenda, director de La Razón.

Mi teoría es la siguiente: La Razón o ABC, como la inmensa mayoría de los periódicos españoles tienen marcada de tal manera su procedencia política y económica que están seriamente limitados en según qué negocios. El caso de El Mundo es distinto, la característica que lo describe es sencillamente el bucanerismo con bandera de conveniencia. Por eso me parecían impúdicas y bochornosas esas miradas que comprobaban hasta el infinito de la autocomplacencia la belleza, la elegancia y el pretendido cariz periodístico de investigación auto arrogado del D. Eduardo Inra. ¿A dónde va cualquier corrupto que quiere soltar una bomba informativa cuando de verdad quiere hacer daño a la derecha, la socialdemocracia venida a menos y la izquierda? A El Mundo. Porque es quien domina como nadie en nuestro país el arte de la sorpresa, la intriga, los tiempos, en fin el arte de la venta por fascículos de lo que debiera ser una información honesta, franca, directa y total, más aún cuando de lo que se trata es de una información que detentan en su totalidad y que es vital para conocer uno de los casos de corrupción que pueden inclinar la balanza de sucesos de manera dramática.

Ante una población exhausta, empobrecida, indignada y una clase política acorralada cualquier instrumento del sistema, en vez de buscar la transparencia, la brevedad y la certeza, juega con los claroscuros, la entrega a plazos y las insinuaciones. Sólo para ganar más dinero.

Pomposamente se ven estos señores, discípulos aventajados y vasallos de Pedro J., una especie de Edgar Hoover berlanguiano, investigador del alcalde de Bienvenido Mister Marsall, como auténticos periodistas y disfrutan, como quien se lo cree, de los resultados de una investigación ardua. Dicen que son periodistas. ¿Qué diría cualquier periodista de raza sobre estos Bernstein y Woodward. Por otra parte los gargantas profundas de nuestra patria venderían hasta a su madre antes de pensar en hacer un servicio a la sociedad.

Que tengamos que agradecer como siervos de la gleba que la transparencia esté en manos de esta piara empresarial de piratas, es sólo menos grave que el hecho de que institucionalmente la democracia que sufrimos, como método per se de transparencia, sea una auténtica bazofia. Donde no funcionan ni los debates ni las comisiones de investigación ni el subterráneo Tribunal de cuentas, ni los códigos éticos de los partidos, sus comisiones de garantías, ni ninguno de los filtros que, como mínimo, han de funcionar medianamente bien para asegurar que de cometerse barbaridades sean las menos.

No cabíamos en casa y parió la abuela. El rey midas capitalista convierte en mierda todo lo que toca, desde regímenes a partidos y el cuarto poder no se queda a salvo. Estamos absolutamente huérfanos de ciudadanía, porque para que exista necesitamos la polis y la polis es sólo la Reserva Federal y sus máquinas de hacer monedas de un billón de dólares.

Es cierto somos huérfanos y como todos los huérfanos, a nuestro pesar. Pero no bastardos. Nosotros no. Siempre habrá clases.

(En agradecimiento a Pascual Serrano)

Manuel Bermúdez.

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