De la mercancía inconfesable y las deleznables tripulaciones.


veleroenlatormentaNací en el interior pero todos los veranos los pasaba en la Isla, San Fernando. Mis tíos nos llevaban a la playa cada mañana y cada tarde. Disfrutar, lo que se dice disfrutar sucedía cuando nos acercábamos al puerto y veíamos los barcos, especialmente los veleros antiguos que, en ocasiones, se encontraban abarloados al muelle. Sus elegantes e interminables mástiles, la maraña de drizas, su leve movimiento vertical… como si respiraran. No puede ser por otro motivo que desde entonces hasta ahora el cine, la literatura y por desgracia, muy de cuando en cuando, la visión directa de estos buques magníficos continúan produciéndome un placer exquisito: los rápidos balandros, los pesados buques de guerra de tres y cuatro puentes, el timón, la bitácora, el bauprés, el vasto ventanal de palillería del castillo de popa y los sonidos del viento sobre las lonas, los intermitentes por la tensión de las drizas y cabos, el flamear de banderas y gallardetes… Todo esto, en mi imaginación puede pasar del goce más placentero al terror más expresivo, cuando visualizo esos días infames de la mar revuelta, encrespada. Cuando el crujido de las maderas de cubierta, de la arboladura o las cuadernas se tornan lastimeros, inquietantes. Todo ocurre en un instante que parece interminable y no tiene fácil predicción el futuro.

Algo así nos está sucediendo con este cúmulo de sonidos terribles que proceden de la goleta pirata Gürtel. La lentitud de los vientos ha acumulado fuerzas terribles y se ha concentrado en dos días de verdadera conmoción. De pronto toda la Gürtel es un gran espasmo dodecafónico de maderas y amarras crujientes y desoladoras, sobre la que la tripulación no sabe a dónde acudir primero y loquea, mientras los viajeros no dan crédito a lo que sucede. El pasaje se encuentra en el mismo navío que la oficialidad, necesitado de explicaciones, conmocionado, airado por la falta de explicaciones de la tripulación, indignado por la falta de noticias del comandante, con un cabreo mayúsculo por la derrota emprendida que nos lleva directamente al ojo de la tormenta perfecta.

Algunos exigen que se tomen medidas para que algo así no vuelva a suceder, pero ahora, más que nunca, lo inmediato es que se acabe la agonía del no saber por qué  un pasaje y una tripulación asustados son casi tan peligrosos como la marejada. Los adultos, acostumbrados a viajar en este buque de graves defectos estructurales en su construcción inicial, recuerdan que no es la primera vez que esto sucede. Que la prepotencia de comandantes, patrón, maestres y contramaestres de las dos grandes compañías mercantes suele ser repugnante y sólo se asume cuando parte de la arboladura se ha perdido y estamos a expensas de las corrientes.

¿Qué hace posible la recurrencia de comportamientos similares que nos empujan cíclicamente al abismo? ¿La sordidez de la tripulación? ¿La baja estofa de tripulantes? ¿La escasa disciplina de castigos ejemplares? ¿El deficiente proyecto de ingeniería en la construcción del buque? ¿La falta de preparación de la marinería o la oficialidad? ¿La demente complacencia de los pasajeros?

Existen, bien documentadas, dos historias marineras que convulsionaron a los hombres: la del insumergible Titanic, y la del viejo carguero Bounty, capitaneado por William Bligh, cuyo desarrollo y desenlace conocemos bien, casi como si hubiéramos estado entre sus ocupantes. Ningún viajero merece otra cosa que llegar a buen puerto sin exponerse a prepotencia de armadores, la ausencia de comandantes o la cínica y cruel mala práctica de navegación de oficiales que medran bajo banderas de conveniencia, con una mercancía inconfesable en sus bodegas.

(A la comandanta Jiménez, en su mar de olivos y a Lucas León, cronista de la real armada)

Manuel Bermúdez.

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