Del congelador sale un huevo duro, pero no cocido.


¿Cuántas veces nos ponemos a la tarea sin tener ni idea de cómo conseguir nuestros objetivos? Tenemos sueños. Pasamos de la inspiración al trabajo para conseguir la meta sin haber hecho un planteamiento serio de qué sabemos sobre el asunto, qué necesitamos para llevarlo a cabo, conocer el proceso necesario, cómo controlar y evaluar las tareas. Sin conocimiento ni método no podemos hacer nuestros sueños realidad.

huevoA veces sí hacemos un planteamiento más o menos correcto, pero luego la realidad nos distrae de mil modos y abandonamos la tarea. Cosas distintas nos ilusionan, queremos conseguir todo abandonando nuestra felicidad en manos de meros objetos. De repente, el capricho es así, caemos en dar importancia a nuestro antiguo objetivo, o alguien distinto de nosotros lo hace. Ha transcurrido el tiempo y desde entonces ha habido cambios y también olvidos. Hemos evolucionado y nos sentimos más seguros e inteligentes. Pensamos que cualquier método del pasado no funcionará adecuadamente en el presente y, sobre todo, de cara al futuro el proyecto de acción se nos antoja anticuado y obsoleto. Entonces nos ponemos manos a la obra para planificar las tareas que nos acerquen a aquel objetivo ansiado y el resultado puede convertirse en un procedimiento tan ambicioso, detallista, hiper controlado,  que tal vez nos sirva para conducirnos a Titán o Febe, a la nebulosa de Orión. Ahora hemos hipertrofiado el método en detrimento del objetivo esencial. Es como cuando una empresa produce un magnífico y sofisticado reproductor de cd’s;  finalmente la inmensa mayoría usa un reproductor para reproducir una peli, ir hacia atrás o hacia adelante y poco más. Pero nuestro maravilloso y caro reproductor puede ofrecernos incluso yogur.

El 15 M fue un hito en las conciencias de una parte de la sociedad. Un grito desesperado de ahogo, el principio de un replanteamiento de objetivos del que, entre otras cosas, ha nacido el concepto de democracia 4.0. Ciertamente la crisis no es otra cosa que el replanteamiento de un paradigma, sin embargo tengo la impresión de que enviamos a la basura, desde nuestra condición básica de consumidores, más de lo que somos capaces de digerir. Tenemos un sueño, pero no medimos lo que en él hay de utópico, factible, útil, necesario.

A finales de los sesenta vivimos en España el principio del boom del asociacionismo, empujados por la sabiduría marxista, incluso no comunaparisreconocida por los propios actores como tal. Las asociaciones de todo tipo se planteaban objetivos ambiciosos y, con capacidad de lucha, factibles. Se diseñaban métodos, estrategias, que unidos a la entrega individual en una lucha colectiva perseguían y no pocas veces conseguían sus frutos. Asociaciones de vecinos, de padres, gremiales, políticas, sindicales, células sociales, paramilitares, religiosas progresistas, relacionadas con el ocio, legales e ilegales fueron el caldo de cultivo, el medio que dio como resultado un cambio social y político sin precedentes desde la consecución de la II República. Luego abandonamos el sueño y caímos en el sopor del consumo económico y político hasta que el exceso de consumo nos atragantó la vida. La catástrofe comenzó a causar bajas de importancia y de repente la indignación se hizo carne y habitó entre nosotros, en la carne del 15M y los indignados. En días buscamos culpables y los encontramos… más o menos. Luego caímos de la mano de De Guindos del mismo, y ya nada sería igual. Ahora el planteamiento es que la sociedad civil es objeto de derechos y deberes (lo acabamos de descubrir otra vez, aunque ya la Comuna de París dijo algo al respecto). La sociedad civil es la futura hacedora de leyes, controladora de parlamentos y los mismos serán incluso desalojados para que desde cada una de nuestras computadoras (quien la tenga) rija el devenir de nuestra fantástica y próspera sociedad concienciada y docta (los ácratas del POUM sin ordenadores sabían mucho de esto en los años 30 del pasado siglo).
participación

Ahora revisionamos el asociacionismo serio y, por ejemplo, surgen grupos de adultos que construyen pequeñas ciudades donde, de ancianos, unos cuidarán de los otros y estarán abiertos al resto de la comunidad. Calles, plazas, lugares comunes tienen un objetivo específico y útil para ser lo que son y todo se autoabastece energéticamente. Creamos huertos sociales en nuestros parques públicos. Generamos mareas sociales. Somos, como cada vez que nos lo hemos propuesto, capaces de encarar lo que creamos necesario. Comenzamos a abandonar nuestra condición de consumidores para comenzar a reconvertirnos en ciudadanos, sin embargo… necesitamos más. Queremos sustituir el poder y despreciamos métodos, leyes de participación ciudadana que nos superan sustituyéndolas por otras nuevas, aún más ambiciosas, aún más participativas. Pero ¿hemos medido nuestras fuerzas? ¿Hemos separado el trigo y la paja de nuestros sueños? ¿Dictaremos nuevas leyes para olvidar su uso semanas después? ¿Somos constructores o consumidores? ¿Cuánta basura seremos capaces de generar con los métodos, procesos y leyes a los que aún no hemos dado uso íntegramente? ¿Cómo mejorar o cambiar el sistema y hacerlo más participativo, justo y democrático si no abandonamos nuestra condición de consumidores y adoptamos la de ciudadanos responsables, algo así como simplemente… personas?

(A Francisco J. Mena Erena, por gustarse en el saber)

Manuel Bermúdez.

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