Sobre el papel de la jerarquía católica en esta estafa.


Estamos terminando de disfrutar las fiestas navideñas, que obviamente son fiestas de origen religioso católico, por lo que es normal y habitual que toda la jerarquía, desde el Papa a los diáconos dirijan su palabra a los suyos, haciéndolas extensivas al resto de la sociedad que abiertamente declara su creencia en otras religiones, o es agnóstica o atea. Atravesados por el principio de evangelización, como ellos llaman al proselitismo y acuciados por la mayor de las órdenes que se pueden recibir en esta vida, cuando se trata de la de un dios, no se cortan un pelo en su prédica. De manera que sin atender a la realidad, como soldados descerebrados capaces de obedecer hasta la mayor de las órdenes injustas disparan, de mil amores, algunos cerrando sus ojos, hacia un blanco que ya, por muchos otros motivos, se encuentra exánime. Como salvadores últimos y ataviados de una responsabilidad que entienden mayor, algunos se acercan a los cuerpos caídos sobre el suelo y sacan su arma reglamentaria para dar el definitivo tiro de gracia. Ese que a veces nos asombra y escandaliza. Habrá quien argumente que este símil es brutal, que el paralelismo está débilmente cosido por un hilo demasiado fino. Yo creo que no.

jerarquiaLa historia está plagada de hechos religiosos que han convulsionado a la humanidad, no ya a las personas concretas que sufrieron sus consecuencias, sino a la humanidad entendida como tal, los hombres y mujeres como seres racionales, que desde el momento que nacen son sujetos de derechos inalienables que ningún credo debe hollar. Ningún dios revelado a los hombres ha dado poder a los mismos para juzgar y menos ejecutar sentencias, en el mejor o peor de los casos, es el propio dios quien asume esa función y sus seguidores deberían ejercer la función exclusiva del ofrecimiento y el respeto por el libre albedrío.

Después de haber oído al señor Rouco Varela y a algunos otros obispos españoles hablar sobre la familia, el matrimonio, la educación, la violencia de género, el género como iniciador explosivo de la violencia y mil lindezas más, me quedaré con las palabras del Papa en las que señala al capitalismo ejercido con agresividad como uno de los máximos culpables de la crisis en que vive la sociedad mundial. Con todo el Señor Ratzinger no ha llegado a expresiones mucho más descriptivas del capitalismo en general como gran catalizador de la maldad en el mundo ya expuestas por papas anteriores y el propio magisterio de la iglesia en algún momento histórico. Lo que evidencia, una vez más, la regresión que en el seno de la institución se viene observando desde casi el comienzo del Concilio Vaticano II, allá por los años 60 del pasado siglo, donde tan importante papel jugó el por entonces teólogo alemán Ratzinger.

No será porque en la historia de la iglesia no ha habido respuestas en todo tiempo y lugar sobre la cuestión de la acumulación de bienes, la avaricia, la usura, el poder utilizado para sojuzgar a la humanidad, etc. Desde la práctica común en numerosos países latinoamericanos por parte de aquellos que han realizado una lectura de la teología desde el punto de vista de la liberación, pasando por las mil y una comunidades que pretendían como única propiedad la del uso de los medios para la propia manutención en el medievo, hasta la frase de Jesús sobre qué hacer con la capa si te encuentras con un aterido de frío, el sentido del comportamiento está más claro que el agua, la aplicación social, económica y política por supuesto también. Pero se trata de cuestiones menores cuando lo que de verdad se dilucida es la tenencia del poder.

La estafa a la que asistimos en lo social no lo es menos en lo espiritual. Desde púlpitos, revestidos pomposamente con hábitos aún hoy confeccionados con telas de lujo e hilos de oro, en sedes monumentales rodeadas absolutamente de las riquezas más inverosímiles que el hombre ha sabido y podido producir, alimentados por los tributos que el pueblo entrega al estado en concepto de pago de servicios sociales,  juzgan a un mundo que desconocen mediante sentencias y normas medievales que ni tan siquiera entonces respondían al espíritu de una verdad más que probablemente no histórica. Nos sorprende el papa actual con su versión de la historia de Jesús, diseccionando la historicidad de la presencia de un buey o vaca y un asno en el paritorio de maría, cuando no existe ningún documento que acredite la autenticidad de la existencia de Jesús, los dos únicos documentos en que se nombra a sus seguidores se saben falseados.

La única historia verdadera responde a una cierta inclinación de algunos hombres y mujeres a ejercer el bien, entendiendo este como aquel que a cualquiera de nosotros nos gustaría que nos ofreciesen, de una parte. Y de otra a la inclinación más extendida del uso del poder para mantener al resto de las personas a raya, de manera que se vean obligadas a obedecer el mandamiento de unos pocos.

Poco queda por decir que no se haya dicho ya. Los no creyentes aumentan su número, los que se consideran tales cada vez son menos practicantes de las normas de sus iglesias, enfrentando descaradamente hasta los extremos más dignos de condena por la jerarquía. La humanidad trata de sobrevivir a sí misma, buscando resquicios de felicidad y validando comportamientos en otro tiempo condenados, siempre de manera hipócrita, porque son naturales al ser humano. La familia ha crecido, se enfrenta a nuevos retos de manera que donde el amor y la entrega imperan son más evidentes y funcionales, distinguimos entre sexo y género más allá de en lo concerniente al lenguaje, y aunque cada vez el libre albedrío y la conciencia recta nos hagan parecernos más a los ángeles, la iglesia se escandaliza.

El Papa y los suyos combaten lo que han llamado relatividad, cuando todos sabemos que todo en la vida es relativo y aún así podemos ser fieles a nosotros mismos en cada momento. Sencillamente se les acaba el privilegio, que nunca fue el de ejercer de pepito grillo, como conciencia del bien, sino el de ejercer el poder sobre todas las cosas y personas. No lo van a entregar de buena gana. No. Seguirán vociferando contra la realidad en vez de buscar humildemente entre la práctica de la vida aquellos pequeños hitos de humanidad, autenticidad (la verdad es un mito, Jesús nunca respondió a la pregunta del pretor) y libertad.

No sabemos qué ocurrirá mañana con nuestro futuro laboral, con la educación, la sanidad, la tributación, la constitución, la monarquía o la república, ¿cómo vamos a saber qué ocurrirá con la iglesia? La gran diferencia es que una cosa nos importa, la otra no. Esto es lo que tiene que tener claro Rouco.

Manuel Bermúdez

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