Año nuevo, lucha vieja.


Propio de la jerarquía eclesiástica es sembrar de dogmas la vida concreta de los hombres y mujeres (D. Miguel de Unamuno y su intrahistoria), así desde que el mundo es mundo, y desde que el mundo es cristiano más (aunque sea por acumulación).

Todo es nuevo continuamente, nuevos los productos de venta en supermercados, aunque los conozcamos de toda la vida, nuevos los vehículos, aunque viertan a la atmósfera que respiramos toda la mierda posible desde que se inventaron, y aunque ya haga mucho tiempo que se puede evitar esto. Nuevas las oportunidades aunque nunca existen porque son ofrecidas por los pocos que las acumulan y las administran a su antojo. Ahora parece que no se les antoja distribuirlas, por eso no las hay, pero sin embargo nos proponen que con el año nuevo vendrán como un maná circunstancial y escaso, agradecible tanto a los ricos como a dios. Nuevas las esperanzas que residen en que de lo que se trata es de pasarlo mal de cojones en este mundo, resignándonos hasta la autovejación, para así ganarnos un cielo nuevo, con la seguridad de que igual que podríamos disponer a cualquier hora del día y la noche de nuestras preferentes nos sentaremos a la diestra de dios, salvados así de aún no sabemos qué, pero salvados, que siempre es algo que en si mismo es bonito, agradable, positivo e incoherente.

La santa madre iglesia sabe mucho de la novedad de aquello que es costumbre secular. Seguro que si nos ponemos a pensar, de tener ganas, daríamos con la clave del huevo y la gallina: qué fue primero, si el imperio y de ahí lo que cuelga o si el dogma religioso y de ahí estos lodos, si el trasvase de poder fue de A a B, de B a A, o tal vez, y con mucha seguridad nunca se movió de su sitio: la economía gobernada por los pocos que en todo momento y condición la administraron y administran.

Como ya  Iñaki Gabilondo ha aseverado que vivimos en una dictadura, podemos sin pecado decirlo incluso los comunistas, con la esperanza de que ahora nos creerán (aunque vuelva a ser por acumulación). Así acaba el año: descubriendo que la iglesia nos roba los cuartos para ser más rica, no más solidaria y que el poder económico nos roba la política para hacer de la democracia una sólida carcasa que protege como si de kevlar se tratara a la más inmunda de las dictaduras que han sido y son.

Así que lo dicho, año nuevo, lucha vieja. Pero esto sólo ocurre porque somos lelos ambiciosos que nos creemos todos los cuentos de los mayores y peores cómicos del mundo. Si no hubiera sido así por los siglos de los siglos, sería posible que la vida nueva se pudiera reinventar cada vez que el hombre quisiera.

Manuel Bermúdez

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