El año del fin de la mentira.


Está acabando, consumiéndose en su propio jugo. Huele a chamuscado, a pegado, no tiene remedio. Hay que cocinar de nuevo. El problema está en cómo hacer para que no vuelva a ocurrir. Cambiar la receta, cambiar al cocinero, cambiar los ingredientes. Todo a la vez. Elegir nuevas materias primas: frescas, jugosas, naturales y añadir una pizca de utopía y otra de atrevimiento.

vitrubioMirad. La cocina es fundamentalmente una ciencia artística basada en el conocimiento y el buen gusto. Tiene la cocina un mucho de alquimia, no poco de riesgo y granos de fe inagotables. Esto de la fe anda tan manoseado que ha perdido su significado profundo. La fe no está ligada a la creencia, sino al conocimiento. Sólo quien conoce tiene fe y la usa cuando no son evidentes los resultados. Sabe, por experiencia, que aquello que sea está ahí, sabe cómo se comporta, por eso puede dar los pasos hasta en los momentos más oscuros, porque sabe que como a la noche le sucede la mañana , lo que  no se ve, está. Nadie cree en la mañana, sabe de la mañana. Así que fe no es sinónimo de creer, sino de confiar en que aquello es, porque tiene experiencia real  de su existencia.

La fe que nos han vendido viene empaquetada en el envoltorio de la religión. Mas qué es la religión cuando la enajenamos del mito y le extraemos el truco, el beneficio del poder personal la manipulación sibilina de lo colectivo para apuntalar a aquel, la superstición y los tabúes. Así desgreñada de sí la religión no atañe a lo divino, sino a lo puramente humano y razonable. Es el claro sentido de pertenencia, el grupo, la colectividad, lo que religa y aúna.

Aunque acabe el año de la mentira no espero que termine ni la superchería ni las veneraciones. La experiencia que tengo de los hombres y mujeres me dice que cuando fuimos manadas siempre hubo primates que preferían la seguridad y el refugio, la conservación hasta la extenuación. La resignación ante la adversidad les hizo esperar y la espera cuando resultaba, por obra de los atrevidos, fructífera, la convirtieron en creencia de modo que establecieron un sistema de causa y efecto cuyo resultado convenía a su inacción. No sólo no evidenciaron la acción de los atrevidos, sino que cuando ésta no daba los resultados apetecidos les ofreció el ramillete de argumentos según los cuales, esa osadía se convertía en contraproducente, y se le llamó pecado como a sus autores, pecadores. Una actitud cobarde y un juicio injusto se establecieron por obra de la mayoría en lo apto y virtuoso.

Negar la realidad. Pretender que lo que no funciona, a fuerza de esperar, sea la solución. Ser cobarde e injusto es lo que nos ha tocado vivir durante este último y maldito año en que sacerdotes y creyentes han vuelto a dirimir su mentira grotesca, su impasividad lujuriosa, su inaptitud servil, dejando en el camino a tantos cuantos no han podido más. Los otros, los menos aunque heridos y humillados, cada día se fían de su experiencia y conocimiento, se atreven con la búsqueda y los obstáculos, los que la vida plantea y aquellos que suponen la rémora de sus cohetaneos. Religados, organizados, adquieren del mundo evolutivo esa pizca de utopía que les fortalece y confiados en su conocimiento buscan denodadamente caminos alternativos. Por eso existe la esperanza y la ilusión a pesar de lo pasado y lo futuro, de lo que fuimos y somos. A pesar de nosotros mismos y la mentira política, económica y religiosa.

Manuel Bermúdez

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