La dignidad de los altos funcionarios del estado español


A decir de todos y todas las que lo conocieron de cerca, Ernesto Guevara, para ellos el Che – por mucho que lo queramos, para nosotros es un producto más -, cuando todo aquello de la reconstrucción cubana en que el gobierno pidió el trabajo voluntario, Ernesto era en su “cuadrilla” quien primero llegaba, el último en marcharse. Así una y otra y otra vez.

cheNo es extraño, una revolución de barbudos devuelve al pueblo la patria robada por los grandes oligopolios estadounidenses, por los terratenientes de vieja extracción española. Por los nuevos ricos, aquellos que hicieron a su pobreza un requiebro vendiendo al diablo su alma y extrayendo a sus vecinos la sangre. Una revolución de barbudos lo extrañó todo. Lo cambió, lo hizo nuevo y digno, porque borró de la faz de la isla a los viejos e indignos que habían convertido en un prostíbulo insular a Cuba. No es extraño que desde la península de Miami se desgañiten los desposeídos que desposeyeron, los “pobres” que robaron, los “privilegiados” que nunca dieron palo al agua, pero sí a las vidas de tantos cubanitos buenos, que jamás tuvieron la oportunidad de verse libres, hasta que llegó Fidel y mandó parar.

A esas patrias nuevas, como a las nuevas Venezuela, Bolivia o Ecuador, una pequeña parte de la humanidad las mira de soslayo, con la prepotencia del ricachón, con la ira y la ironía del capitalista y el fascista. A esas patrias nuevas se las llama de todo y se las tilda de sueños, ensoñadores quienes las administran, pobres diablos sus gentes.

No entienden de dignidad los indignos, y por eso confunden los conceptos. Ven en la rectitud del soldado, en el convencimiento del comandante al asesino que ordena fusilamientos, no al revolucionario en economía de guerra que necesita limpiar de bazofia y de contras el suelo de todos para que no sea un sueño, sino una realidad la revolución y la vida sea Vida.

Por estos andurriales de la marca españa de gaviotas y repollos, donde la revolución siempre se ausentó o fue masacrada, se continúa confundiendo el tocino con la buena veta, la velocidad con el señorío. De ahí que altos funcionarios del estado se desasosieguen porque tengan que viajar en turista. Indigno lo llaman ellos. Les daba yo un pico y una pala para ir cada sábado y domingo a cavar zanjas para que circulen mejor sus detritus y jamás tendrían un apodo cariñoso que llevarse a la boca, un mote simpático urdido por el pueblo, ni nunca serían comandantes de nada. Porque para saber de dignidad hay que haber mamado pobreza o haberla hecho carne de su propio y privilegiado cuerpo.

Manuel Bermúdez

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