En el nombre de la justicia y la libertad. Manuel José García Caparrós.


jmgcTodavía me faltaban unos meses para cumplir 15 años. Esa mañana faltaba mucha gente en el instituto. Durante la clase de lengua se oyó un tumulto en los pasillos, se distinguía la respiración agitada del bedel y su voz entrecortada. ¿Dónde vais? ¡No se puede estar en los pasillos! Oí la voz de un amigo que lacónicamente anunciaba que a un tal Caparrós lo han matado en Málaga los grises. Le han pegado un tiro cuando colocaba una bandera andaluza en la Diputación.

Unos meses antes había salido de mi pueblo. Un pequeño pueblo de seiscientos habitantes perdido en la sierra de Huelva. Procedía de una familia de derechas a la fuerza y domesticada. Los fascistas llegaron el 23 de agosto del 36 persiguiendo hasta Alájar a unos mineros de Río Tinto y ya que estaban por allí… Unas chicas jugaban en la puerta de la panadería de mi abuelo, entre ellas mi tía. Niñas, id al cuartelillo, descolgáis la bandera y de otra cogéis el paño rojo y lo coséis donde el violeta, que acabamos de liberar el pueblo. Desde pequeño aprendí que los buenos eran menosescudoandaluz buenos que mi abuelo, a quien las familias de los desdichados que esa noche llevaban de paseo a las tapias del cementerio le rogaban que bajara al cuartelillo. Manuel, usted sabe que mi hijo, mi marido, mi padre, mi cuñado, no han hecho nada más que pertenecer a la UGT, que aquí nunca ha habido armas, no se ha quemado ninguna iglesia, son gente trabajadora y pobre. Mi abuelo dejó de bajar al cuartelillo la noche de su cumpleaños, el 5 de enero. La tila que le tenían preparada constantemente no pudo hacer más. El regalo de reyes que recibió fue generoso. No tendría que volver a rogar a ningún guardia civil, a ningún militar más por aquellos hombres y mujeres. Su corazón se detuvo. Nunca más escribió sus crónicas para el ABC, se cerró la panadería para siempre y su desconocido recuerdo  me hizo comprender que su bondad era mayor de la de aquellos que sus hijos tendrían por buenos hasta su muerte, aquellos que a veces escuchaban sus súplicas y la mayor parte hacían oídos sordos.

Nunca entendí como valentía la del sacerdote que se enfrentaba a los republicanos, por más que así me lo contara mi tía muchos años después, si jamás hizo lo que mi abuelo sin que nadie se lo pidiera. Vivir frente a la casa parroquial hacía de mi un sacerdote potencial, pero no comprendí jamás ni la actitud de aquel tan firme en sus convicciones, ni los alardes fotográficos de la curia rodeando brazo en alto al mayor constructor de pantanos de la historia de España. De España hizo todo un dique.

Aún así la primera conversación con jóvenes de mi edad, pero de pueblos vecinos durante mi primer día de colegio menor, me heló el corazón. Llamaban al caudillo dictador. De no dar crédito acabé por sucumbir a las dudas. Tanta información de primera mano, tanto sufrimiento refrendado ya por mi madre no dejaban lugar más que al descrédito de una seguridad aprendida. Ahora la vieja foto del niño que fue mi padre, enfundado en una camisa azul con correaje militar y mirada perdida en el horizonte ya no me causaba ningún orgullo. Tampoco podía enjuiciarlo con desprecio. También el perdió a su padre y con diez años la vida es un sueño, el uniforme azul un gran disfraz.

blasinfanteNadie habló de martirologio, ni de entrega patria. De Caparrós supimos que era un joven malagueño algo mayor que nosotros. Nadie habló de nacionalismo separatista y por no conocer, nada sabíamos de aquel notario de gafas lennon que agonizó durante horas en la Gota de Leche, abandonado por arrieros y monjas, hasta que no tuvo su corazón más sangre que bombear por las arterias.

Caparrós, comisionista obrero, intentó izar una bandera nueva en la Diputación de Málaga y cayó fulminado un día como hoy hace 35 años. Mucho después leí una frase de Ortega y Gasset: Andalucía, que no ha mostrado nunca pujos ni petulancias de particularismo; que no ha pretendido nunca ser un Estado aparte, es, de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya. Ninguna religión ni nacionalismo lo considera un mártir  En mi caso he aprendido a saber lo fácil que es confundir martirologio con fundamentalismo.

Su muerte fue el capricho de aquellos que se resistían a comprender que su tiempo llegaba a su fin. Que los privilegios un día llegarán a ser tan excepcionales como hoy lo es la ley en España. Caparrós no es ni un mito, ni una grandilocuencia, ni un santo. Es un trabajador asesinado por decidir ser libre, ante quien merece la pena perder un minuto, para recordar en nuestras vidas hoy y cada año que el precio que pagamos por la justicia y la libertad lo debemos fijar nosotros. Y debe ser más caro que el de cualquier diamante.

Con todo mi afecto y respeto. Gracias Manuel, me enseñaste algo más importante que lo que aquella clase que nunca dimos pudo hacer por mi.

Manuel Bermúdez.

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