Recordando a Paco Pérez


Llovía profusamente sobre la ciudad de Jaén el siete de noviembre de mil novecientos ochenta y siete; y llovía en nuestro corazón, como en el poema de Paul Verlaine aunque, a diferencia del poeta que se preguntaba el por qué de esa lluvia, nosotros conocíamos bien la causa de nuestra tristeza y nuestras lágrimas: llorábamos la muerte de nuestro amigo Paco Pérez, ocurrida la tarde anterior, en un accidente de automóvil cerca de Córdoba, cuando iba a una reunión del Partido Comunista con el entonces secretario provincial del PCA, Manolo Anguita.

Paco Pérez Castellanos era un joven de los años setenta en el Colegio Universitario de Jaén, con la estética heredada del mayo del sesenta y ocho -las gafas al estilo de Gramsci y los pantalones de pana- y un deseo ferviente de cambiar el mundo que encauzó, ya desde la clandestinidad, por el Partido Comunista. Paco era una persona sencilla y entrañable y, al mismo tiempo, se sentía protagonista de aquel momento histórico que estábamos viviendo, legítimamente orgulloso de su militancia, lo que suponía multiplicar las horas robadas al descanso para responder a su compromiso político, aprobar el curso en la carrera de Historias y participar en todos los debates del momento, que algunas veces eran Asambleas de estudiantes y otras, tenían como escenario la taberna del Gorrión o el Marqués, pero siempre con los mismos contenidos, con la misma determinación, con la misma esperanza: conseguir para nuestro país la democracia, la libertad, la igualdad…

Después vino la legalización del PCE, las primeras Elecciones a Cortes en junio de mil novecientos setenta y siete, otros dos cursos en la Universidad de Granada donde acabamos la carrera y la vuelta a Jaén, donde Paco iba adquiriendo más responsabilidades en el Comité Provincial y repartía su tiempo entre el Partido y los amigos, aunque al Partido siempre le correspondía la mayor parte. Participaba con entusiasmo en la organización de la Fiesta de la Primavera que el PCA organizó en la Alameda durante algunos años, donde cantaban Quilapayún y otros grupos y autores del momento, con los que seguíamos coreando las consignas de “libertad” y “solidaridad”, convencidos de que “el pueblo, unido, jamás será vencido”. En la campaña por el Referéndum del Estatuto de Autonomía para Andalucía, ya en al año mil novecientos ochenta y uno, Paco presentó el mítin que organizó el PCA en Jaén, con la presencia de Rafael Alberti que había actualizado las Coplas de Juan Panadero; Paco se acercó al micrófono, comprobó con un tímido ¿Sí? que funcionaba y convirtió ese Sí en la mejor afirmación de lo que sentíamos en aquel momento todas y cada una de las personas que estábamos allí y que respondimos con un aplauso unánime a lo que significaba la autonomía de Andalucía desde nuestra conciencia de clase: poder andaluz traducido en trabajo, cultura y progreso para nuestra tierra.

Estuve unos años fuera de Jaén, pero en contacto siempre con los amigos, entre ellos Paco Pérez, a quien también me unía formar parte de la misma organización política. Cuando volví a Jaén, Paco seguía dedicado en cuerpo y alma al Partido, a preparar el referéndum sobre la entrada de España en la OTAN, a organizar las Asambleas de Convocatoria… Las ideas de una alternativa política y social empezaban a abrirse paso ante la frustración y el desencanto que había provocado la política del PSOE y Paco asistía al devenir político con el mismo entusiasmo de siempre: hablaba con pasión, se enfadaba y soltaba tacos y se reía como un niño; en los debates interminables, en los que sacábamos punta a todo, él siempre terminaba con la misma palabra: ”Camaradaaa…” y una sonrisa franca: ésa era la mejor prueba de que seguíamos luchando, en la realidad contradictoria y compleja de cada día. Una vez, me regaló un libro de Pablo Neruda por mi cumpleaños y me puso en la dedicatoria: ”Siempre adelante… hasta el socialismo”. Hoy, cuando han pasado veinticinco años de su muerte, quiero compartir esas palabras con todas las personas que lo quisimos y luchamos con él; con todos los amigos y amigas que lloramos su muerte y lo seguimos recordando… Imagino su sonrisa si él pudiera leerlas, al cabo de tanto tiempo e imagino, sobre todo, su voz: “Camaradaaa…”

Ana Moreno Soriano.

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