Los abajo firmantes


Cuando hablamos de intelectuales, podamos remontarnos a Sócrates que elaboró un sistema filosófico partiendo de la curiosidad y de la ironía, o a Erasmo de Rotterdam que opone al valor de la nobleza de sangre el valor de la razón y la capacidad de juicio; pero, sin duda, por cualquier camino llegaremos al famoso “Yo acuso” de Zola en el caso Dreyfus que parece iniciar, y fue en Francia,  la andadura de muchas personas lúcidas para ver y analizar el momento histórico en el que viven; críticas e inconformistas con las instancias de poder y comprometidas con unas ideas y unos valores. Alguna vez he hablado de estos intelectuales e incluso he mencionado que, en los años setenta, para hablar de literatura comprometida utilizábamos el término francés “engagée” de Jean Paul Sartre.

También en España, muchas personas han levantado su voz para denunciar la injusticia y exigir libertad y derechos en los momentos más importantes de nuestra historia: el Congreso de Intelectuales Antifascistas tuvo lugar en Valencia en el año mil novecientos treinta y siete, en plena guerra civil, con Miguel Hernández, Pablo Neruda y un largo etcétera de escritores y fueron muchos los manifiestos de artistas e intelectuales durante el franquismo, ante hechos abominables de la dictadura; después, en la transición y también en la democracia, para apoyar a una organización política o exigir responsabilidades a un gobierno, para ensanchar derechos o defender señas de identidad.

Cuando el postmodernismo quiso convencernos del final de las ideologías y trató de ofrecernos como igualdad la ilusión de la igualdad, parecía que la figura del intelectual había dejado de tener la relevancia de otros tiempos pero, aunque los apóstoles del pensamiento único se empeñen en proclamar que no hay alternativas y que debemos abandonar toda esperanza, siempre hay quien está dispuesto a salirse del guión para desmentir sus teorías y desbaratar sus planes.

Pienso en esto, a propósito del Manifiesto de apoyo a Izquierda Unida en la provincia de Jaén para las Elecciones Andaluzas del veinticinco de marzo, que se va a presentar públicamente en los próximos días; y lo pienso, porque cada una de las firmas que lo suscriben no representa sólo un apoyo electoral, cosa no desdeñable por otra parte teniendo en cuenta la injusticia del reparto de los votos, sino una bocanada de aire fresco y una esperanza, en una provincia que tiene recursos naturales y posibilidades de riqueza y, sin embargo, va siempre a la zaga en rentas y en servicios. Habla el Manifiesto de personas que tratan de buscar alternativas al pensamiento único y se organizan en las calles y plazas de los pueblos y ciudades, ejercen su tarea docente desde el compromiso, cultivan su conciencia de ciudadanía para exigir sus derechos, utilizan sus palabras para nombrar la realidad sin falsearla, desarrollan su trabajo profesional desde la convicción de unos valores éticos y establecen una lucha ideológica para que la supremacía de las ideas no sean los valores conservadores. Porque, efectivamente, hay muchas personas críticas con la situación actual en Andalucía, que quieren intervenir en la lucha ideológica desde todos los ámbitos para defender nuestra cultura, la gestión de nuestro patrimonio, nuestro espacios y servicios públicos, nuestras tradiciones y nuestras propuestas de futuro y, sobre todo, intervenir en la lucha ideológica para disputar la hegemonía al pensamiento neoliberal conservador y ampliar cada vez más los espacios de libertad. Ahí están, entre otros muchos, el músico José María Laso y el pintor Jonathan Villar, los profesores de la Universidad de Jaén Carmen Rodríguez y Guillermo Portilla y los escritores Juan Manuel Molina Damiani y Antonio Negrillo. Profesionales, intelectuales, artistas, gente de nuestra tierra, que van de su corazón a sus asuntos, con la conciencia de que sus asuntos van más allá de sí mismos; que siguen explicitando su compromiso porque aprendieron, con Machado, que poesía es palabra en el tiempo. Y en tiempos como éstos, eso se llama rebeldía.

Ana Moreno. Artículo editado en Ideal.

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