Las heridas no las cierran las palabras


De hecho esa frase perpetuamente repetida desde que nací no se la he oído más que a ellos y ellas, “hemos de cerrar heridas”. Efectivamente una y otra vez la historia la escriben los vencedores, los magnánimos y conciliadores vencedores. Los eternamente mentirosos vencedores de todas las luchas que el ser humano ha librado en este mundo.

Mientras la mascullan como una letanía que huele a alcanfor, desde la cima de esa colina que los cuerpos de tantos y tantas forman. La mentira de la conciliación, desde la altura que les da la victoria por la fuerza, a base de sangre y de engaños, a base de ansia de poder, de asegurar aún más su riqueza y hegemonía, se expande poco a poco como el lodo sobre cualquier montaña sin vegetación detrás de la lluvia torrencial. El lodo que todo lo mancha, que todo lo esconde, que todo lo iguala.

Es hora de decir la verdad, la verdad es que toda su verdad esconde sólo mentiras, una tras otra, siempre lo mismo y vuelta a empezar. Es antinatural, porque nada de lo que existe en el universo que conocemos tiende a perdurar tal cual. Todo fluye, busca en su interior el contraste y así, a cada paso, se atreve a ser distinto. Se sueña mejorado mañana.

Ninguna persona de bien deja de sentir la necesidad de reparar la barbarie que en cualquier tiempo haya ocurrido. Tampoco acusa a los justos a sabiendas de que lo son. Nadie ante el estremecimiento de inocentes en busca de justicia mira para otra parte. No desprotege de salud pública, de justicia, de enseñanza, para instalar un sistema donde quien quiera acceder a estos bienes deba hacerlo mediante su riqueza y excluya por tanto a quienes no la tienen. No acusa sólo a un pueblo o a sus políticos por una crisis creada exclusivamente por los poderes financieros y todas aquellas personas que los hacen funcionar, directa o indirectamente. Nadie deja en el paro a nadie para salvar sus cuartos, cuando sabe que los empleó mal, no invirtió convenientemente, no formó mejor a aquellos que le proporcionaban la riqueza, ni los valoró antes, ni en ese instante. Nadie deshace una ley del aborto que beneficia a las mujeres, ni cuestiona y menos cambia una asignatura civilizadora basándose en la mentira más abyecta. Nadie hace sufrir con impuestos injustos a todo un pueblo.

Nadie.

El fanatismo de la ideología, acogida como escudo para preservar la injusticia, la prepotencia, la prevaricación, la hegemonía, a sabiendas, lo hace. Las personas fanáticas son irreconciliables con el resto, como lo son las iglesias, los ejércitos y los poderes financieros que sirven a sus dioses y no al pueblo. Quienes sirven a sus intereses antes que a sus semejantes. Quienes no ven en los otros a sus semejantes. No pueden verlos, no se les asemejan. No todos los humanos somos depredadores. No todos somos fascistas.

La libertad nos permite escoger amigos, compañeros, socios. Hagamos siempre uso de nuestra libertad y no demos ni esto de crédito a quien no merece el apelativo de persona. Las heridas se cierran mediante la justicia y la reparación, no las cierran las palabras.

Manuel Bermúdez Trujillo

(IU Torredelcampo no se hace responsable de las opiniones personales de los colaboradores de esta web cuando hablan de manera personal)

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