Involución


Estamos asistiendo a una auténtica revolución conservadora, es decir, a una involución social, económica y política. Olvídese Vd. de quién gobierna, de sus históricas siglas socialistas y obreras, y sitúese en lo que está viendo, escuchando y, seguramente, padeciendo. Con ser grave, muy grave, que lo es, lo peor no son los cinco millones de parados y paradas que, en la práctica, ya hemos alcanzado. Lo más grave no es siquiera que el horizonte a corto, e incluso a medio plazo, sea a empeorar esta situación. No, lo más grave es que cuando escampe, que algún día sin duda lo hará, a este país, como en una ocasión afirmó ese gran vocero de las siglas históricas que llegó a ser vicepresidente del Gobierno y hermanísimo del “hedmano”, a este país no lo conocerá ni la madre que lo parió: Vd. tendrá que trabajar dos años más para alcanzar la pensión máxima, cuya cuantía, además, habrá mermado considerablemente –al menos un 15%-; Vd. podrá ser despedido –ya puede ser despedido- a precio de saldo simplemente con que su empresa alegue que prevé tener pérdidas en los próximos años; Vd., muy posiblemente, tendrá que pagar para recibir una asistencia sanitaria de peor calidad que la que hoy aún recibe; sus hijos y/o nietos estudiarán en un centro docente masificado, con un profesorado mal retribuido y, lógicamente, peor motivado; Vd., si se va al paro, tendrá una protección social por desempleo escasa en cuantía y duración –si es que la tiene-; Vd., en definitiva, deberá buscarse la vida por sí mismo-a, porque no existirá ese Estado social –ni nada parecido- del que habla el artículo 1 de la Constitución española, carente de vinculación jurídica frente al imperativo constitucional de la prioridad absoluta del pago de la deuda sobre el resto de gastos sociales. En ese momento, posiblemente, Vd. se preguntará cómo se ha llegado a esa situación. Y se habrá llegado porque dos partidos mayoritarios  o macropartidos, que se reparten prácticamente todo el poder institucional en España –no el poder real, que lo ejercen otros que no se presentan a las elecciones-, habrán ejecutado a rajatabla el recetario neoliberal cuyo objetivo fundamental es la destrucción, casi por completo, del escuálido Estado social del que disponíamos en las últimas décadas. El camino que nuestro país está siguiendo o, mejor dicho, que nos están haciendo seguir, ya lo han recorrido anteriormente la mayoría de países latinoamericanos. Se trata de reducir al máximo el Estado, de desarticularlo casi por completo: La sanidad, la educación, los servicios sociales y, en general, todas las prestaciones que ofrecen los servicios públicos y que actúan como elemento de cohesión y de redistribución social. Acabando con ese modelo de Estado y entregándolo al sector privado se consiguen dos cosas: En primer lugar, “aligerar” aún más el sistema fiscal, para que a quienes correspondería pagar más impuestos continúen sin hacerlo e, incluso, paguen menos aún, puesto que adelgazando el Estado serán necesarios menos recursos para mantenerlo; en segundo lugar, pero no menos importante, abrir nuevas y suculentas fuentes de negocio por la vía de la privatización de lo que eran servicios públicos. Curiosamente, esos estados latinoamericanos, a los que alegremente llamamos subdesarrollados o en vías de desarrollo, han superado o están superando esa situación –después de padecerla durante mucho tiempo-, y ahora están experimentando un importante crecimiento económico y, lo que es más importante, se están dotando de ese Estado social que nosotros –el llamado primer mundo- estamos tirando por el desagüe de la Historia. Mientras Latinoamérica está rescatando a su población de la pobreza, Europa rescata a la banca de la crisis que ella misma ha provocado; mientras allá se extienden y consolidan derechos, aquí nos desembarazamos de ellos. Paradójicamente, esta sociedad que ha alcanzado un vertiginoso desarrollo científico y técnico, impensable hace sólo 30 o 40 años, se dirige, a una velocidad aún mayor, al siglo XIX en materia de derechos sociales, económicos y laborales. Mientras se está operando la mayor estafa jamás conocida, los estafados, que somos la inmensa mayoría de nosotros, no solo la estamos permitiendo, sino que nos disponemos a apoyarla, a incrementarla y a consolidarla dentro de unos días con nuestro voto –eso, al menos, es lo que dicen todas las encuestas que se están haciendo en los últimos meses-. Tengo la convicción que, de confirmarse las encuestas, transcurridos solamente 4 o 5 meses, se demostrará la inutilidad de haber votado mayoritariamente tanto al PP como al PSOE, gestorías de eso que llaman los mercados y que, en realidad, constituyen el poder real, la mano que mece la cuna en la que nos han adormecido. Nunca tan marcadamente como ahora  lo que se va a votar no es a un partido político o a otro, sino a un modelo económico, a un sistema o a otro alternativo. Tanto PP, como PSOE, como UPyD, como la inmensa mayoría de fuerzas políticas que se presentan a estas Elecciones Generales asumen –lógicamente con matices- este modelo económico, este capitalismo que, en su fase neoliberal, no tiene otro horizonte que la amputación del papel del Estado como elemento de cohesión y de redistribución social. Eso, y no otra cosa, es lo que hay detrás de la filosofía de reducción del déficit público –recientemente elevada a categoría constitucional por PSOE y PP sin consultar al pueblo soberano-, mientras se destinan ingentes recursos públicos a la banca privada. Lo que estamos viviendo, eso que llamamos crisis, porque desde el lado de los perdedores lo vivimos como tal, es en realidad una profunda revolución conservadora o capitalista que está cambiando, en sentido anacrónico, nuestro futuro y el de las generaciones venideras aprovechando nuestra somnolencia. Si no despertamos ahora, cuando lo hagamos comprobaremos qué fácil es tirar a la basura, en unos pocos años, lo que costó tanta lucha, tanta sangre y tanta cárcel a tanta gente durante tantas décadas.

Manuel Pegalajar Puerta

 

(IU Torredelcampo no se hace responsable de las opiniones personales de los colaboradores de esta web cuando hablan de manera personal)

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